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Sefarditas

Autor del artículo: Miguel Castro Villar

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Como preámbulo, me voy a permitir hacer una reflexión: Estoy convencido de que salvo excepciones – aventureros, inconformistas, gente inquieta, a quien puede la curiosidad- nadie abandona su tierra natal por placer, y menos aún la abandona sin que le embargue la pena y la nostalgia, y haciéndose el firme propósito de regresar algún día al “terruño” que lo vio nacer.

He leído infinidad de relatos de los españoles, que después de nuestra Guerra Civil tuvieron que tomar el camino del exilio, y todos tienen en común la añoranza de la patria, esa misma patria que los expulsó, pero que seguía cada día de su vida, ocupando su corazón y su mente, hasta tal punto – y en esto coinciden todos- que sus conversaciones cotidianas, las ocupaban en su mayoría, en recordar y comentar los acontecimientos que sucedían en su tierra, ahora tan lejana, pero ni un solo instante olvidada.

Es probable que ese mismo sentimiento acompañara a los judíos sefardíes o sefarditas al ser desterrados de la que ellos soñaron durante un tiempo, que  por fin  podría ser su  Patria, SEFARAD.

Soy consciente de que, a día de hoy, con el comportamiento soberbio y tiránico que ejerce Israel sobre el pueblo Palestino, quizás el sionismo no esté en su momento más popular. Uno no deja de preguntarse ¿Cómo es posible que un pueblo que ancestralmente ha sufrido tantas humillaciones, destierros, masacres y todo tipo de vejaciones, tenga un comportamiento similar al que ellos mismos fueron sometidos por el resto del mundo? Ese sería un debate interesante, aunque probablemente estéril, que seguro, no nos llevaría a ninguna solución. Mientras tanto, no estaría nada mal, que antes de emitir juicios de valor, reflexionáramos e hiciéramos un poco de historia al respecto.

La caída en desgracia del Pueblo Judío, no empezó, ni mucho menos, con la expulsión de la Península Ibérica durante el reinado de los Reyes Católicos y la enorme crueldad que ejerció la Santa Inquisición. Desde tiempos casi inmemoriales, estas gentes han sido maltratadas allá donde se encontraran. Ya en la época romana, con la conversión del Imperio al Cristianismo, comenzaron sus males. El emperador Teodosio II, en el año 425, recoge en su Codex theodosianus, la clausura del Gran Sanedrín, así como el cierre de sinagogas.

Ante estos acontecimientos muchos judíos se trasladan al centro de Europa, Germania, la Galia, la Provenza etc. Es en esta región, durante el reinado de Carlomagno, donde disfrutan de una época de relativa tranquilidad, e incluso el emperador los utiliza como consejeros y  embajadores ante el califa abasida Harum Al- Rashid,  en el año 795. En el 814, el Rey Ludovico Pio (el Piadoso) les presta su protección “Por su condición de excelentes comerciantes”. Este periodo de cierta bonanza, acabará al proclamarse la primera Cruzada. En ese ambiente de exaltación del cristianismo, con los energúmenos de la Iglesia Católica gritando en las calles a ver quién es el más creyente – algo parecido a lo que ocurre ahora con la democracia – los judíos, una vez más, son el chivo expiatorio perfecto. Se los acusa de un sinfín de horribles sacrilegios, se los expolia, se los masacra y son empujados hacia el sur. Así es como muchos de ellos ayudados y acogidos por una comunidad judía asentada en la península Ibérica, recalan en la querida y añorada SEFARAD.

Hace algún tiempo una pareja de amigos, muy viajeros, me referían una anécdota que les ocurrió en Estambul y que me causó cierta emoción; parece ser que mientras hablaban entre ellos – supongo que en un tono bastante alto, como es nuestra costumbre – se les acercaron tímidamente un hombre y una mujer. Ella rondaría los 80 años, y el aparentaba unos 45, eran madre e hijo como les confirmaron después. Se disculparon muy educadamente y con cierto azoramiento y un castellano un tanto extraño, les preguntaron  si eran españoles de España, al recibir una respuesta afirmativa y con un gesto de satisfacción, dijeron casi al unísono, que ellos también. Ante la mueca de extrañeza que se debió de reflejar en la cara de mis amigos, la mujer se apresuró a puntualizar, como si de una confidencia se tratara, “Que ellos eran judíos sefarditas, o sea, de Sefarad, de España. Sí, sí… y mi madre aún guarda la llave de la que fue nuestra casa… Bueno la casa de nuestros antepasados, allá, en Toledo”. Y al contarnos esto, afloraban a sus caras el orgullo y la emoción de haberse encontrado con los que todavía consideraban “Compatriotas”.

En pocas ocasiones nos encontraremos con un sentimiento tan profundo de pertenencia y de añoranza de una tierra de la que además, fueron brutalmente expulsados. Después de más de 500 años, conservar un idioma, una llave que jamás volverá a abrir la cerradura de la casa añorada y seguir transmitiendo ese sentimiento de generación en generación,  es cuanto menos para reflexionar sobre la especial idiosincrasia de este pueblo al que el mundo condenó a errar eternamente.

Hace poco tiempo, tuve la ocasión de pasar un fin de semana en Toledo. A esa hora del mediodía, cuando los visitantes se repliegan a bares y restaurantes, donde reponer fuerzas para seguir pateando las empinadas y angostas calles, y la ciudad recupera por unos momentos la calma, paseaba yo, conscientemente extraviado, por una de sus muchas callejuelas y al desembocar en una solitaria y recoleta placita, la vi. Hacia esquina con un estrecho callejón, apenas tenía un par de ventanas al exterior, como queriendo pasar desapercibida, justo encima de la puerta, una estrella de David, se apreciaba con dificultad, erosionada, casi desaparecida, por el paso del tiempo. Le di rienda suelta a mi imaginación. Aquella era la casa de los antepasados de la madre y el hijo de Estambul, de aquellos Sefarditas que se identificaron como tales ante mis amigos. Instintivamente mire a la enorme cerradura que aún conservaba la puerta de recia madera y fantaseé con qué la llave que guardaban encajaría perfectamente en ella. Intentaba imaginarme la vida de una familia, probablemente artesanos, orfebres, plateros, tal vez escribanos o comerciantes. Seguramente preocupados, porque los franciscanos y los dominicos, en este año de 1492, habían vuelto a lanzar sus soflamas desde los pulpitos, en calles y plazas, acusando, una vez más a los judíos de terribles actos sacrílegos, y ellos sabían  muy bien con qué facilidad este discurso prendía en la población cristiana, fanática y analfabeta. Esperando que, como en otras ocasiones, la cosa no pasara de algún que otro apaleamiento o la destrucción de alguna sinagoga y que en aquella que consideraban su ciudad no iban a repetirse las matanzas que un par de años antes se habían dado en Córdoba.

Quien podía pensar que en tan solo unos meses serían expulsados, que tendrían que abandonar la tierra donde habían nacido y en la que ya mucho tiempo antes habían vivido sus antepasados, las calles de la ciudad que un día creyeron suyas y en las que ahora no recibían más que signos de odio. Como creer que les será arrebatada su casa, y que en unos días, vendrán a ocuparla gentes desconocidas, mientras ellos salen huyendo con poco más que lo puesto, intentando alcanzar algún puerto donde un barco los aleje del fanatismo y la sinrazón ¿Hacia dónde esta vez?

En la fría habitación de un sanatorio para tuberculosos, en 1941, Franz Kafka, escribe: “La situación insegura de los judíos, inseguros en sí mismos, inseguros entre los hombres, explica perfectamente que crean que solo se les permite poseer lo que aferran en las manos o entre los dientes, que solo esa posesión les da derecho a la vida, y que lo que alguna vez han perdido no lo recuperaran jamás, se aleja tranquilamente de ellos para siempre”.

A más de seis millones de judíos no les sirvió de nada lo que pudieran aferrar en las manos o entre los dientes, los trenes, los infames trenes de la muerte, no se detendrían hasta dejarlos en los campos de concentración nazis, donde les esperaba la llamada Solución Final.

El 14 de Mayo de 1948, Israel se declaró independiente, menos de 24h después fue invadido por los ejércitos de varios países árabes, por lo que inmediatamente tuvo que luchar por su reciente independencia. Solo una década después, había duplicado su producción  industrial, le habían ganado al desierto alrededor de 20.000 Ha. Convirtiendo lo que siempre había sido un erial, en un vergel con miles de árboles y una agricultura con la cual se autoabastecían, hicieron una red de más de 1000 Km de carreteras e iniciaron una serie de medidas sanitarias como construcción de hospitales, centros de salud etc., totalmente gratuitos.

Sé que muchos dirán: “Claro, con el flujo de dinero que recibían de las grandes fortunas y de la banca que controlan magnates judíos y el apoyo de EEUU, es fácil prosperar tan rápidamente”. En efecto, fueron muchas las ayudas económicas que recibió el nuevo estado de Israel, pero esta ayuda fue perfectamente gestionada para que redundara en beneficio de la comunidad y de la nación que se acababa de fundar.

En los países del Golfo Pérsico productores de petróleo, el dinero entra a raudales, pero ¿Cómo se gestiona? Aparte de que la mayoría del dinero va a parar a unas elites privilegiadas, se hacen obras faraónicas, megaciudades vacías de contenido, superhoteles para supermillonarios, circuitos de carreras y otras frivolidades que no revierten en el bienestar de los ciudadanos de a pie, y menos aún en sus hermanos árabes de otros países menos afortunados. Sin entrar en temas como las libertades individuales, o el trato a las mujeres.

Es curioso; como un pueblo con tanta tenacidad, con una capacidad, más que probada para resurgir una y otra vez de  sus cenizas, con una habilidad innata para el comercio, la artesanía, la joyería etc., que ha dado a la humanidad grandes personajes en el campo de la cultura, de las artes, de las ciencias ¿Porque ha sido tan maltratado por el mundo?

Que cada uno saque sus propias conclusiones. Seamos prudentes antes de poner en tela de juicio la aptitud de según quien.

 

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