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Difuminados

Autor del artículo: Miguel Castro Villar

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La crisis económica que se generó en el 2008 y que nos está dejando terribles secuelas, de las cuales es muy probable que ya no nos recuperemos nunca, se cobró un sinfín de víctimas de las que a día de hoy ya  apenas se habla. A los poderes facticos, a los gobiernos que se han turnado en este tiempo, no les interesa, a los medios de comunicación tampoco. Los desahucios, los despidos masivos por cierre o deslocalización de empresas, los recortes salariales que dejan en la miseria a trabajadores, que poco tiempo atrás mantenían dignamente a sus familias, ya no “vende”, ahora estamos en otra cosa, nos quieren hacer creer que “hemos pasado pantalla”.

Se habló mucho en su momento, del impacto desastroso que la crisis causo- aún sigue causando – entre los jóvenes en general y los licenciados universitarios en particular.

Voces sesudas de tertulianos que igual valen “para un roto que para un descosido” apuntaban a la catástrofe de una generación perdida. Y, si que es cierto, que la que probablemente fuera la generación más y mejor formada que habíamos conocido hasta el momento, ha tenido que buscarse la vida en países extranjeros, o dedicarse a poner copas a turistas descerebrados y “colgados” entre vomitonas y “balconin”. Tenemos los camareros más cultos del mundo.

Pero hay otro sector de población que ha resultado más damnificado, y del que  se ha hablado poco, considerando la gravedad de la injusticia que con ellos y ellas se ha cometido.

Hubo una época en este país, en la que a los adolescentes, sobre todo si pertenecían a las clases más humildes, al finalizar la EGB, se le planteaban dos opciones muy concretas: “Estudias o trabajas”, frase que dio lugar a numerosos chascarrillos. No quedaba mucho margen para la duda, ni valía lo de: “Me tomare un tiempo de asueto y luego ya veremos”, entre otras cosas, porque la mayoría eran conscientes de lo necesaria que podía ser su pequeña aportación económica, para que en casa se pudiera llegar a fin de mes sin excesivos agobios. Con catorce, quince, o dieciséis añitos, mucha gente ya se buscaba la vida en trabajos no siempre bien remunerados, pero que con suerte, trabajo y constancia, podían adquirir un oficio, un conocimiento que les permitiría afrontar con ciertas garantías el futuro, toda esa larguísima vida laboral que aún les quedaba por delante.

Cualquier país medianamente decente, culto y serio, estaría profundamente agradecido a esta generación, que se peleó – algunos – contra el tardo-franquismo, que tuvieron que soportar – los varones –  que el Ejército les robara un tiempo precioso de su juventud, que protagonizaron una transición política, la cual con sus imperfecciones, fue un ejemplo para el mundo, como lo han sido sus mujeres, mostrando una actitud decidida, combativa y progresista, causando la admiración de propios y extraños. Contribuyendo, tanto unas como otros, con su trabajo y esfuerzo, a mantener al país en un estatus bastante digno.

Pero, he aquí, que “España es diferente”. Este no es un país agradecido, ni decente, ni culto, ni siquiera solidario, mas allá de dar un donativo por Navidad a alguna ONG. España ha dejado abandonados a infinidad de hombres y mujeres, que con cincuenta, cincuenta y cinco o sesenta años de edad y con más de cuarenta años cotizados – cifra que probablemente ya no alcance ninguno de nuestros jóvenes – ven como se prescinde de ellos, como las empresas se deshacen de estos trabajadores y trabajadoras, que dejaron su juventud, sus ilusiones y su salud en sus puestos de trabajo, pero que ahora empiezan a resultar caros, entre otras razones.

Estas personas quedan automáticamente condenadas al ostracismo, a la desesperanza, al riesgo de exclusión social y  muchos de ellos a la miseria, pues la mayoría se queda sin ninguna cobertura económica o cobrando alrededor de 450€ si son afortunados.

Días eternos, noches de insomnio, llanto a escondidas. Poco a poco se irán haciendo invisibles, disolviéndose en las estadísticas. Poco a poco se acabaran difuminando…

 

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