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Elogio de lo humilde

Autor del artículo: Javier Noriega

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Hay calles en los límites de Laguna, y de otros pueblos, (de las ciudades ya desaparecieron engullidas por los barrios de aluvión que sirvieron de acogida a oleadas de labradores en busca de lo que imaginaron trabajo más confortable –lejos de las inclemencias e intemperies del campo- en la industria incipiente de las urbes), calles que destilan humildad decente, calles cortitas, aseadas. Me gustan. Flanqueadas por casitas molineras –planta y piso, todo lo más-, traslucen el quehacer mejor o menos bueno, los conocimientos y destrezas del propietario-constructor.

Hay calles en los límites de Laguna y de otros pueblos que destilan humildad decente.

Suelen ser casas éstas con un jardín sin pretensiones y un huerto, ambos bien cuidados. En invierno la tierra vuelta, oscura, preparada para la siembra. En verano y primavera los cultivos primorosos, libres de malezas y punteados por diversas hortalizas. Algún árbol frutal –parasol verdecido- bien podado y clareado por que le penetre el sol y prosperen todos sus frutos.

En algunos de los jardines hay piscinas de modestas proporciones y profundidades abisales, robustas y azules como cielos invertidos. Construcciones fruto del ahorro imposible y del quehacer de quienes dejaron el campo para trabajar en la ciudad. Casas humildes, proletarias, que huelen al esfuerzo del descanso, a constancia, a colaboración familiar. Edificadas con la ilusión de volver a los orígenes, de adquirir nuevamente el estatus perdido de hortelano a través de un pedazo de tierra comprado a un precio razonable para volver de nuevo a ver fructificar la tierra y plantar sobre ella un refugio de sábado-domingo-puentes-vacaciones que pueda, tal vez, convertirse en residencia definitiva o refugio de jubilación. Lugar donde reunirse en un futuro con los hijos idos y con los hijos de los hijos.

Pueden leerse en las vallas perimetrales y en la construcción en general las peripecias económicas y los alardes estéticos de los propietarios: celosías que aprovechan todo material barato o gratuito, ornamentos fantasiosos de restos de cerámicas o azulejos, cenefas de metales matrizados, pisos taraceados con piedras variopintas, muros de ladrillo caravista de diversos acabados y procedencias. Añadidos múltiples fruto de algunos desahogos económicos puntuales: cerramientos de porches y galerías de hierro o aluminio (PVC si el desahogo había sido bueno), balaustres de piedra artificial.

A diferencia de los modernos chalets que acabarán con ellas.

Detalle de calle en Laguna de Duero

A  diferencia de los modernos chalets que acabarán con ellas, y cuyos propietarios compiten en la ocultación celosa de la intimidad de su propiedad por medio de setos tupidos, pantallas de brezo o espantosas mallas verdes, estas construcciones obreras permiten ver el interior de una finca en la que parece que no hay nada que ocultar.  Cada una compite con las aledañas en pulcritud y orden. No suele faltar un jardín fruto de la imaginación de sus creadores: al fondo –o adosado a la medianera- una barbacoa flanqueada, a veces, por una mesa de obra de tal robustez que diríase debiera soportar banquetes de cíclopes. Un poquito de césped y árboles de sombra.

Las vallas de celosía suelen sujetar rosales trepadores, parras de Virginia, plantas intercambiadas entre vecinos por medio de esquejes, que es lo mismo que compartir belleza y vida. Y en verano no faltan sacrificados geranios, nobles pelargonios, rosales orgullosos, alguna pérgola de campanillas trepadoras y parras. Los más sofisticados, flores de la pasión. Suelen encontrarse gatos lustrosos en cercanía de perrillos gozque que atruenan con ladridos desproporcionados al paso del viandante.

No pocas de estas construcciones se han convertido en viviendas principales, retiros pacíficos, hacendosos y pulcros, de trabajadores jubilados que, sin necesidad ya de poner el despertador, continúan madrugando. Casas y calles decorosas fruto del esfuerzo sacrificado y decente de quienes creyeron que construían -para sí y los suyos- un tiempo que sería, forzosamente, más próspero, más justo, más solidario y mejor.

2 pensamientos en “Elogio de lo humilde

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