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Eurocentrismo frente a Multiculturalismo, o como falsear los términos de un debate (parte I)

Autor del artículo: Andrés Hombría

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¿Por qué decimos eurocéntrico cuando queremos decir imperialista?

Cuando yo moceaba, en pleno auge de los movimientos de liberación nacional, del nacionalismo árabe laico y del movimiento de los no alineados, nadie era “multicultural”. Ni quienes vivíamos en el “Norte” desarrollado (entonces llamado con mayor precisión “bloque imperialista”), ni en las vanguardias de los movimientos de liberación en ninguna parte del mundo. Nadie en ellos ponía en duda la laicidad del estado, ni que las fuerzas políticas progresistas debían representar al conjunto de los trabajadores, y, en algún caso a los sectores de las burguesías nacionales dispuestos a construir un país independiente frente a la(s) potencia(s) imperialista(s). Hablar entonces de la “alianza de civilizaciones” frente al “choque de civilizaciones” era propio de quienes creían en las visitas de los extraterrestres y afirmaban que estos eran amigos y no enemigos. Nadie, en ningún sitio, dudaba entonces que los movimientos  de liberación eran hijos del marxismo, como éste lo era de la Ilustración.

El resultado de todo ello fue que en los países árabes en que triunfó lo que en la época se llamó el nasserismo, las mujeres adquirieron los mismos derechos civiles, se suprimió la poligamia (es decir, la poliginia, pues la poliandria nunca había sido legal)…y las mujeres veladas en las ciudades empezaron a ser cada vez más raras.

La guerra fría y el propio interés económico de las grandes potencias capitalistas, colocó a tales movimientos “en el lado de los malos”. Para desestabilizarlos fomentó el integrismo islámico, el tribalismo en el África Negra y el fundamentalismo evangélico en Latinoamérica.

La dinámica de la guerra fría y el propio interés económico de las grandes potencias capitalistas, colocó a tales movimientos “en el lado de los malos”. Para desestabilizarlos fomentó el integrismo islámico, el tribalismo en el África Negra y el fundamentalismo evangélico en Latinoamérica. Los ejemplos son tantos que no podríamos citarlos todos sin convertir estas humildes notas en un volumen de historia contemporánea. Daremos sólo tres. La franja de Gaza se puebla de mezquitas mientras está ocupada por Israel; las financia Arabia Saudita que era (y es) el “enemigo amigo”. Estados Unidos emplea al régimen racista de Suráfrica para armar y dirigir los levantamientos tribales en Angola y Mozambique y a los movimientos zulúes contra el Congreso Nacional Africano. El ejemplo más claro es el de Afganistán. En 1978, es decir un año antes de que la URSS enviara tropas a aquel país, Brzezinski, el gran inspirador de la estrategia yanqui durante la última fase de la guerra fría, recomienda a Carter armar y apoyar  a la guerrilla integrista musulmana frente al gobierno progresista de aquel país, que había decidido repartir entre el campesinado las tierras del clero islámico, otorgar derechos plenos a las mujeres y declarar  Afganistán un estado laico. Veinte años después, en una entrevista en “Le Nouvel Observateur”, preguntado sobre el peligro islamista que ha contribuido a  alimentar, Brzezinski responde que “comparado con lo que representa el final de la guerra fría y la liberación de Europa oriental ¿A quién puede importarle unos pocos afganos irritados?”

El panorama ha cambiado: el muro de Berlín se ha derrumbado (sobre el bloque socialista y sobre el “Tercer Mundo”) y la URSS ya no existe. Y (algunos de) los antiguos aliados contra los soviéticos son ahora el gran peligro. Ahora se descubre que oprimen a las mujeres y que cuelgan a homosexuales, adúlteras y blasfemos. Los mismos que les habían armado y declarado “freedom fighters”, nos convocan a todos a “la guerra contra el terror”. Por supuesto de dicha guerra quedan excluidas Arabia Saudita y las monarquías del Golfo, es decir, los grandes financiadores del integrismo sunita: son países árabes “moderados” (léase corruptos). Tenemos que apagar un incendio, sin molestar  a quien sigue suministrando el combustible para él y bajo la dirección de los propios pirómanos. ¿Alguien en su sano juicio lo haría?

Lo sorprendente del caso es que el sistema ha conseguido trasladar el debate a otro lado. El punto de inflexión de tal cambio fue en mi opinión el conflicto yugoeslavo. Un conflicto que la recién unificada Alemania azuzó y que sirvió a EEUU para conseguir nuevos estados satélite (Kosovo, Montenegro…), con el aplauso de buena parte de la nueva izquierda. El resultado ha sido un retroceso de las frágiles normas del derecho internacional a las vigentes hace 150 años, cuando las potencias europeas acordaban intervenir en China (supuestamente) para defender las vidas de los misioneros cristianos y de los chinos conversos. Las actuaciones humanitarias, que en el mundo nacido de la derrota del nazismo estaban encomendadas a las agencias de la ONU, son ahora responsabilidad de coaliciones armadas “de geometría variable”, es decir, EEUU más los países europeos que se apunten. El último caso claro fue el del derrocamiento de Gadaffi en Libia. El resultado es últimamente tan catastrófico, incluso para sus patrocinadores, que  las nuevas injerencias han recuperado un sabor más local, con Arabia Saudita como protagonista e Israel como beneficiario.

Mientras tanto (una buena parte de) la izquierda parece haber renunciado a varias de sus señas de identidad: el antiimperialismo, el pacifismo, la defensa de la multilateralidad y del no alineamiento

Mientras tanto (una buena parte de) la izquierda parece haber renunciado a varias de sus señas de identidad: el antiimperialismo, el pacifismo, la defensa de la multilateralidad y del no alineamiento. Las agencias de la ONU afortunadamente siguen existiendo, pero son las ONG las que atraen toda la atención pública. Entre éstas hay de todo, pero proliferan las financiadas por millonarios filántropos (Soros y su “Open Society”) o en cuyo comité  de dirección figuran personalidades sorprendentes (el propio Brzezinski en de Amnistía Internacional).

Para no alargarme más sugiero la lectura del libro del activista social y científico belga Jean Bricmont titulado “Imperialismo Humanitario” (ed. El Viejo Topo, agotado creo pero conseguible en préstamo en la Biblioteca de Castilla y León).

Antes de concluir esta primera parte, de la que he excluido a propósito casi todo lo que se refiere a Oriente Próximo y el mundo islámico, me gustaría aclarar que se puede, creo, ser eurocéntrico y antiimperialista. Se puede afirmar que los derechos y libertades que tienen las mujeres en Europa (y en sociedades “europeizadas” de otros continentes) son igualmente deseables para todas las mujeres del mundo. Pero que cuando alguien le intenta  vender  la idea de “vamos a intervenir en …. para acabar con ese régimen tiránico que lapida a las adúlteras y encarcela a los opositores”, es seguro que le está mintiendo. Que dicha intervención responde siempre a móviles mucho más inconfesables (materias primas, rutas comerciales, mercados cautivos, bases militares,…), y de que tras dicha intervención las mujeres del país intervenido estarán mucho peor y sus cárceles mucho más llenas. Sólo el “humanitario” intervencionista va a sacar algún provecho. A veces, como el ejemplo de Libia y el de Iraq prueban, ni siquiera éste, porque la operación resulta ser un desastre sin paliativos.

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