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La Historia continúa

Textos: Teodoro San José y Javier Rodríguez Abad

Como nos demuestra la vida todo es evolución y evoluciones son los acontecimientos históricos que modelan a los pueblos y la cultura de sus gentes, y nuestro convecino Teodoro lo viene demostrando con sus aportaciones de los acontecimientos que a lo largo de los siglos han ido conformando lo que llamamos HISTORIA y él , Teodoro, nos la presenta de forma comprensible y accesible para que conozcamos de dónde venimos, si bien, dados los tiempos que corren, no sabemos bien a donde vamos y que tortuosos caminos nos quedan por recorrer y acontecimientos que vivir.

En entregas anteriores nos contó el origen de nuestra tierra y aporta datos, mínimos, pues no hay muchos documentos que den fe de los aconteceres en Laguna de Duero, pero si nos sitúa, perfectamente, en cada época, con lo que muy bien podemos reproducir lo acontecido a nuestros vecinos como si nuestro fuese.

En la presente entrega viviremos la evolución de naciente reino de Asturias, sus vicisitudes y la desmembración en otros reinos que finalmente concluirá con la creación del reino de León, ya más cercano a nuestro terruño y por ello más cercano a nosotros, aunque todo es parte de una misma Historia, el nacimiento de una futura nación que hoy denominamos, ESPAÑA.

Damos las gracias a Teodoro San José por su paciencia en atender las demandas de La Fragua, conformando capítulos llenos de interés y que nuestro Ateneo se afana en dar a conocer a aquellos que se acercan a sus páginas.

EL REINO DE ASTURIAS.   718-910.

El reino de Asturias tuvo sus comienzos en el siglo VIII

<< El reino de Asturias tuvo sus comienzos en el siglo VIII, en los territorios occidentales y centrales de la Cordillera Cantábrica, en especial los Picos de Europa y el área central de la actual Asturias. Según las descripciones de Estrabón, Dión Casio y otros geógrafos grecorromanos dichas zonas estaban habitadas en los comienzos de la era cristiana por diferentes pueblos, entre ellos: los orgenomescos, que moraban en la costa oriental asturiana; los vadinienses que habitaban los Picos de Europa; los selinos, que se distribuían  por todo el valle del río Sella (Salía), haciendo frontera el río con los cántabros; los Lugones, cuyo territorio se situaba entre los ríos Sella y Nalón y la capital en Lugo de Llanera; los astures en la zona interior de la actual Asturias, y los pésidos que ocupaban la zona costera entre la desembocadura del Navia y la actual ciudad de Gijón. La zona del pirineo occidental la ocupaban pueblos de tipo pre-indoeuropeos los vascones. El propio Estrabón señala en su Geographía que durante la época romana, todos los pueblos del norte de España, desde los galaicos hasta los vascones, tenían una cultura y unas formas de vida similares; lo que forjó en sus luchas contra los romanos, vándalos y visigodos, una identidad común entre ellos, que cristalizó definitivamente tras la coronación de Pelayo (718-737), la victoria de Covadonga y la consolidación del Reino de Asturias.

Las características físicas de los territorios más septentrionales (con montes escarpados, clima húmedo y frío) lo hacían idóneo para que aquellos que tenían un conocimiento profundo del terreno luchasen contra el enemigo. Además de las condiciones geográficas, poseían una población que se había resistido y asimilado, en mayor o menor medida, a dominaciones extranjeras como romanos o visigodos.

Tras la “batalla de Covadonga” se establece una pequeña entidad territorial en las montañas asturianas, que dará lugar más tarde al reino de Asturias.

Las primeras incursiones árabes en el norte fueron las de Muza entre los años 712 y 714. Entró en Asturias por el puerto de Tarna, remontó el río Nalón y tomó Santa María de Llanera, y luego Gijón, donde dejó a cargo al gobernador Munuza; este envió tropas al mando del general musulmán Al Qama para dominar al caudillo de los astures Pelayo, quién logro emboscar al destacamento sarraceno y derrotarlo en la batalla de Covadonga en el año 722, ocurriendo la primera derrota islámica en el territorio peninsular y convirtiéndose en el símbolo de la victoria cristiana frente al infiel. Tras esta batalla se establece una pequeña entidad territorial en las montañas asturianas, que dará lugar más tarde al reino de Asturias.

El triunfo de la revuelta otorgó un gran prestigio a Pelayo y provocó una insurrección masiva de los astures, germen de la nueva política de acción contra Al-Andalus; erigiéndole con el título de “princeps” y convirtiéndole en artífice del nuevo reino que emergía en el norte, fijando su capital en Cangas de Onís en ese mismo año, situada en las estribaciones de los Picos de Europa, en vez establecerla en Gijón siendo la ciudad más importante, quizás aconsejado para refugiarse en un territorio montañoso que fuera poco accesible para las aceifas o campañas musulmanas; y unas décadas más tarde al consolidarse el reino, la sede regia fue trasladada sucesivamente a Pravia por el rey Silo, esposo de su nieta Adosinda, y posteriormente, a Oviedo.

Durante las primeras décadas el control asturiano sobre las diferentes regiones del reino era aún bastante precario, y por ello debía ser fortalecido continuamente a través de alianzas matrimoniales con familias poderosas del norte de la Península. Debido a ello, Ermesínda, su hija, contrajo matrimonio con Alfonso, hijo de Pedro de Cantabria. Y los hijos de Alfonso: Fruela y Adosinda lo hicieron con Munia (una vasca originaria de Álava) y Silo, un jefe local pésico del área de Pravia.

Tras la muerte de Pelayo en el año 737, su hijo Fáfila es elegido monarca (737-739), muerto según las crónicas, por un oso en una de las pruebas de valor exigidas normalmente a la nobleza de la época; dando paso a Alfonso I (739-757) casado con la hija de Pelayo Ermesinda y heredero de la Casa de Cantabria, quien inicia la expansión territorial del pequeño reino cristiano desde los Picos de Europa, avanzando hacia el oeste hasta Galicia y hacia el sur con continuas incursiones en el valle del Duero, tomando ciudades y pueblos y llevando a sus habitantes hacia zonas más seguras del norte, originando la progresiva despoblación de la Meseta y del valle Medio del Ebro, creando el denominado “Desierto del Duero” como protección contra futuros ataques musulmanes, dando lugar a que en la primera mitad del siglo VIII, a un proceso de ruralización que trajo consigo el abandono de la vida urbana y la organización de la población en pequeñas comunidades de pastores. En este periodo se aumentó el territorio asturiano, además de añadirse un progresivo contingente de población que deseaba asentarse en él. Por el oeste, el Reino de Asturias, se anexiona parte de Galicia, por el este territorios vascos y algunas zonas de la futura Castilla, con plazas tan importantes como León y Astorga, así como La Rioja.

Tras Alfonso I, la línea sucesoria continúa con su hijo Fruela I (757-768), quien consolida y amplía los dominios de su padre. Aurelio de Asturias, nieto de pedro de Cantabria (768-774), que instala la corte en terrenos del actual concejo de San Martín del Rey Aurelio, antes perteneciente a Langreo, entre los años 768 y 774. Al morir éste, le sucede como monarca Silo (774-783), esposo de Adosinda, hija de Alfonso I y nieta de Pelayo, que traslada la corte a Pravia y es sucedido por Mauregato (783-788) hijo bastado de Alfonso I con una mora, a quien la historia le atribuye el tributo de las cien doncellas; y una vez muerto éste es sucedido por el hermano de Aurelio, Bermudo I (788-791), denominado el “diácono”, quien abdicó tras una derrota militar, y acabo su vida en un monasterio.

Estos casi cien años de reinado se vieron continuamente amenazados por las acciones de Al-Andalus, al estar el Reino de Asturias totalmente rodeado y siendo, el único reducto de la Península. Además, serán estos monarcas los que, a través de las uniones matrimoniales, sienten las bases del nuevo reino, uniendo no sólo territorios, sino también políticas efectivas que incluyesen a los astures y que recogiesen las sensibilidades gallegas y vascas, compartiendo con ellos la administración.

Alfonso II “el Casto” impuso el sistema electivo y se rodeó de un gobierno de fieles encargados del desarrollo político.

A finales del siglo VIII el trono astur es ocupado, tras la abdicación de Bermudo I, por Alfonso II “el Casto” (791-842), acabando el período de relativa paz con los musulmanes de períodos anteriores. Durante su reinado realizó expediciones de castigo hacia el sur, llegando hasta Lisboa en el año 798, y en el 825 vence también a los musulmanes en el Nalón. Fija la capital en Oviedo, desde donde se toman las decisiones sobre las actuaciones del Reino, imitando antiguas tradiciones visigodas y recordando a la antigua Toledo, y repuebla Galicia y zonas septentrionales de Castilla y León. Impuso el sistema electivo para el trono en vez del hereditario y se rodeó de un gobierno de fieles encargados del desarrollo político. Situó en lugar privilegiado el culto, la religión y la iglesia; ayudándole el descubrimiento del cuerpo del apóstol Santiago, comenzando con ello la peregrinación.

Pero no todo fue positivo en ese tiempo, los ataques musulmanes eran una continua amenaza para la estabilidad de Asturias, que se encontraba en absoluta minoría en número y medios. En el año 816, las tropas musulmanas consiguieron entrar en Oviedo y la ciudad quedó desvastada; quedando unos de tranquilidad hasta que en el año 822, con la llegada al trono del califa Abd-al Rahman II, Oviedo volvió a ser atacada.

Tras el largo reinado de Alfonso II, este es sustituido por el hijo de Bermudo I; Ramiro I (842-850), que inicia un periodo de guerra continua con los musulmanes teniendo lugar la victoria de la batalla de Clavijo, se desarrolla el apogeo del arte y es testigo de una incursión Normanda en el año 844.

Alfonso III “el Magno” se considera el último Rey de Asturias.

A su muerte el trono es ocupado por Ordoño I (850-866), que lleva a cabo la repoblación de Astorga, León, Tuy y Amaya. Establece relaciones estrechas con el Reino de Pamplona y en el valle del Ebro, establece alianzas en Zaragoza con los Banu Qasi, y trata de ayudar, sin éxito, a las rebeliones mozárabes toledanas contra el emir cordobés, y a su muerte es sucedido por su hijo Alfonso III “el Magno” (866-910), a quien se considera el último Rey de Asturias, tal y como se conocía hasta el momento, debido a que sus hijos, tras una abdicación forzosa, se repartieron sus posesiones. Alfonso III, se casó con la noble Navarra Jimena, y con el apoyo de los nobles gallegos conquistó el actual Portugal repoblándolo desde Galicia, en el año 868, llegando hasta Coimbra en el año 877. Avanzó por el Duero, conquistó Zamora y Burgos y  estableció la frontera sur del Reino a principios del siglo X, con la línea del Duero, con poblaciones como Toro y Zamora; fijando sus límites desde Oporto hasta Álava.

En el año 910 los tres hijos suyos se reparten el territorio quedando Asturias en manos del menor de ellos Fruela II, mientras que León es heredado por García I, y Galicia por Ordoño II; siendo a partir de este reparto cuando aparece el nuevo Reino de León, como centro de política y de la Reconquista.>>

2 pensamientos en “La Historia continúa

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