Inicio/Rincón del Alma

Un cuento de Navidad

Autor: Montserrat Sanz García

navidad1

Cada año empezaba antes. La publicidad, las luces y todo eso. Antes le gustaban esas fechas. Las disfrutaba con ilusión desde que era un niño. Ahora tenía 47 años y desde hacía 5 su relación con la Navidad se había ido enrareciendo, deteriorando hasta que su sola anticipación suponía para él un castigo.

Había perdido muchas cosas y a muchas personas importantes para él en estos 5 años. La crisis económica se llevó por delante su pequeña empresa de reformas y, ya de paso, su casa y su matrimonio. Marisa, su exmujer, le había repetido hasta la saciedad que necesitaba ayuda, que lo que había pasado le estaba cambiando y que ella ya no aguantaba más, pero él no la escuchaba. “La que necesitas ayuda eres tú” le decía llevándose el dedo índice a la sien. Y claro, aquello se rompió.

Ahora solo veía a su hija dos fines de semana al mes y los jueves por la tarde; y la echaba de menos. Tenía que hablar con Marisa para ver como organizaban las vacaciones de Navidad. La niña le había preguntado si este año pondrían árbol en casa y qué iban a cenar. En los últimos 5 años había comprado unas pizzas y habían visto una película en la televisión, pero la niña había ido creciendo y no entendía porqué la tristeza, la ira y el desánimo estaban instaladas en la casa de su padre. Su madre la explicó que ella y papá se querían mucho pero que papá estaba “malito” y, sin quererlo, se hacía daño a sí mismo y a los demás, y por eso no podían vivir juntos.

  • ¿Qué le pasa a papi, mamá?
  • Creo que le duele el alma pero él aún no se ha dado cuenta.

Aquel año la niña no quería renunciar al color, las luces, los dulces  y la ilusión de las celebraciones y pidió a su padre “pasar todas las fiestas en casa con mamá”. Cuando se lo dijo, lo hizo muy bajito, con miedo, como si presintiera que con aquello pudiera romper algo muy frágil. Su padre le dijo que no importaba y se marchó.

navidad2Hoy, allí estaba. Paseando bajo las luces de Navidad sintiendo que el mundo estaba contra él y que nada merecía la pena. “Lo he perdido todo”, se decía. “No valgo para nada. No soy capaz de retener a los que quiero a mi lado”. Y sin darse cuenta las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas mientras vagaba por la ciudad iluminada y silenciosa a aquella hora en que la mayoría estaban en el calor de sus hogares con su familia. Empezó a pensar en lo solo que se sentía y en cómo se había derrumbado toda su vida. No quería perder nada más. No quería perder a su hija. Paso a paso se acercó sin pensarlo a la casa de Marisa. Vio a través de la ventana a su ex mujer afanándose preparando la mesa mientras que la niña y sus primos jugaban riendo y sintió que se le encogía el corazón. Se dio cuenta en ese momento de que no le habían dejado. Las había echado de su lado aunque era lo último que quería hacer.

En unos minutos mientras estaba allí parado en la acera de enfrente mirando hacia arriba, recordó cada desdén hacia Marisa, cada gesto de rechazo, cada respuesta airada. Cómo había vivido como si ella fuera la enemiga cuando (y ahora lo veía claro) su único enemigo era él mismo. Fue él quien se culpó por la quiebra de la empresa, quien no se atrevía a mirar a su mujer porque estaba seguro de que le consideraba un fracasado, quien pensaba que probablemente conocía a cualquiera mejor que él y le despreciaba. Y por eso estaba irritable y furioso con el mundo y con él.

Marisa miró por la ventana y le vio allí, parado. Bajó a la calle:

       – ¿Que haces aquí?

La miró con los ojos anegados sin responder.

       – ¿Estás bien?

Él negó con la cabeza y se llevó la mano al corazón. Marisa le miró interrogante.

       – Tenías razón. Me duele el alma y ya no puedo más. Necesito ayuda.

Ella le cogió de la mano e hizo que la siguiera al portal.

       – Ahora que lo sabes, todo se arreglará. Buscaremos un psicólogo y te acompañaré a donde necesites, pero hoy es Nochebuena y quiero que pasemos una feliz Navidad.

Él apretó su mano y se sintió mejor. Por primera vez en mucho tiempo creyó que lo que ella decía era cierto. Se volvió al cerrar la puerta y vio las luces de la calle. Por primera vez desde hacía 5 años las miró con menos rencor y algo más de esperanza. Y se dio cuenta de que las luces habían sido siempre las mismas lo único que había cambiado era su forma de mirarlas.

7 pensamientos en “Un cuento de Navidad

  1. Pingback: Bullying. ¿Que podemos hacer? | La Fragua de Laguna de Duero

  2. Pingback: Ser padres | La Fragua de Laguna de Duero

  3. Pingback: Mi mamá me mima…o no | La Fragua de Laguna de Duero

  4. Pingback: Cuando la especie se suicida | La Fragua de Laguna de Duero

  5. Pingback: El desenfreno navideño | La Fragua de Laguna de Duero

  6. Pingback: La ventana de Internet | La Fragua de Laguna de Duero

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s