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Es lo que toca

Autor del artículo: Javier Noriega

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Vivo con asombro e inquietud estos últimos tiempos en los que la involución en materia de Derechos Humanos y Sociales se está convirtiendo en una norma y, lo que es peor, que un buen número de nuestros conciudadanos lo perciban como algo normal. Son aquellos del “es lo que toca” (odiosa expresión donde las haya, equivalente a otra que antaño me enfurecía cada vez que mi abuela o mi madre recetaban “resignación” ante cualquier contrariedad o, lo que era peor, ante una flagrante injusticia). Es el tiempo maldito del  sálvese quien pueda, de tirar de lo que cada cual tiene sin mirar lo que ocurre a su alrededor, del olvido de lo que hace poco fuimos.

Cuando parecía que después de tantos esfuerzos y sufrimientos la sociedad y sus gobiernos (al menos los occidentales) habían hecho suyos los principios básicos de Libertad, Igualdad y Fraternidad, nos encontramos con que las desigualdades son cada vez mayores, las libertades menguantes y la fraternidad casi invisible. Habíamos creído que eran irreversibles las revoluciones sociales de los siglos XVIII, XIX y XX, en las que se fraguaron y consolidaron principios tan elementales como la plusvalía, la redistribución de la riqueza, la solidaridad con pueblos que fueron esquilmados y aniquilados en buena medida y de los que las potencias colonialistas habían sacado tan pingües beneficios hasta bien entrado el siglo XX. Estábamos convencidos de que sólo quedaba avanzar y profundizar en ellas.

Y nos encontramos con que, lejos de ello, la globalización que hubiera debido –a mi entender- mejorar las condiciones laborales y existenciales de todos cuantos habitamos este minúsculo planeta se vuelve contra la mayoría en una especie de pirueta macabra y lejos de seguir caminando hacia un estado de bienestar, hace aparecer nuevas formas de opresión, de esclavitud y de injusticia bajo el manto y la apariencia de la libertad (de pensamiento, de mercado, de movilidad…)

Unos pocos, con grandes capitales y medios, controlan la economía y la producción haciendo que cada vez seamos menos libres de elegir, de pensar, de movernos. La información, en manos de esos mismos poderes económicos, establecen qué debemos pensar, qué opinar, qué es correcto y qué no. En un momento de mega-información estamos menos informados que nunca y resulta dificultosísimo hacerse una opinión propia y crítica. Pareciera que las profecías de 1984 y de Un mundo feliz se estuviesen cumpliendo

Y como reacción a esa corriente que todo lo avasalla, que puede con todo, empiezan a surgir movimientos contrarios: los nacionalismos, que tan amargos frutos produjeron en el pasado, proliferan. Cada uno a lo suyo, como si ya pudiera ser posible. Y de ese modo, un país que tanto contribuyó a la defensa de la libertad y al establecimiento de una comunidad económica y social como Inglaterra vemos como se aleja de la UE abandonando sus estructuras. En Europa son varios y conocidos los casos de comunidades que pretenden abandonar los estados en los que se hallan incursas al considerar que su economía, su lengua y sus costumbres no son respetadas. Y, lejos de una reflexión y de un diálogo, medios exclusivos de quienes creen –creemos- en el entendimiento y en el acuerdo, las partes respectivas se encastillan y se acorazan más y más.

Quienes siempre hemos sostenido que las banderas suelen servir casi siempre para agredir con el mástil, que no hay más raza que la humana, vamos quedando poco a poco en minoría, acallados por el alboroto, en medio de un barullo de gritos e improperios, abrumados por la acusación de utópicos. Mas, ¿qué queda del hombre como especie, del ser humano, si se renuncia a la utopía? Negar la utopía es negar el progreso, es renunciar a avanzar hacia un futuro que supera el sí y para sí, el “lo mío con los míos”? Negar la utopía es negar la compasión que hizo humanos a quienes, en la prehistoria, lejos de toda economía, de todo concepto de  rentabilidad, comenzasen a cuidar y a ocuparse de aquellos miembros que por edad o enfermedad ya no aportaban nada a su comunidad, a su clan. Sin compasión, sin preocupación por el otro, pertenezca o no a nuestra sangre, a nuestra comunidad, no existe bondad. Y ya dijo un gran escritor, humanista y premio Nobel del pasado siglo XX, José SARAMAGO:

“Si me mandan colocar por orden de precedencia la caridad, la justicia y la bondad, el primer lugar se lo daría a la bondad, el segundo a l justicia y el tercero a la caridad. Porque la bondad, por sí sola, ya dispensa la justicia y la caridad; la justicia justa ya contiene en si caridad suficiente. La caridad es lo que resta cuando no hay ni bondad ni justicia” (El cuaderno de Lanzarote)

Un pensamiento en “Es lo que toca

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