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CIUDADANITO PULGARCITO (CUENTO)

Autor del artículo: Miguel Castro Villar

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En un pueblecito imaginario, de un país imaginario, de cuyos nombres no es necesario acordarse; nació, a mediados de los años cincuenta del pasado siglo XX, el Ciudadanito Pulgarcito. Solamente quince años atrás, el imaginario país, había sufrido una cruenta y sucia guerra civil. De modo que, los coletazos de una larga postguerra eran aún demasiado evidentes. En cuanto el Ciudadanito Pulgarcito tuvo uso de razón, comenzó a sentirse un niño afortunado, pues por lo que le contaban, no se podía nacer en un lugar mejor que en aquel país, católico, apostólico y bendecido de Dios. Donde siempre estaría a salvo de las hordas rojas y judeo-masónicas, que en otras partes del mundo, atentaban contra las almas de los pobres niños, que no tenían el privilegio de estar bajo la protección de aquel glorioso caudillo, que surgió victorioso, en su cruzada contra las “fuerzas del mal”.
Acudía el Ciudadanito Pulgarcito a la escuela del pueblo, donde se segregaba a los niños por género, el suelo estaba siempre lleno de tierra porque no se barría casi nunca, y en invierno hacia tanto frio, que aquellos dedos infantiles eran incapaces de sujetar el lapicero de ateridos que se quedaban. Allí, un maestro ya entrado en años, adepto incondicional al “nuevo régimen”- Todos los que no lo eran habían sido “depurados” – con un pitillo semiapagado entre los labios, un raído traje gris y unos conocimientos bastante limitados, intentaba lidiar con un “rebaño de gansos”, como el definía a aquellos niños, la mayoría de los cuales, en cuanto dejaban la escuela se incorporaban a colaborar en el trabajo agrícola y ganadero que era el sustento familiar. Pulgarcito era feliz – los niños necesitan poco para ser felices – pero una noche mientras la familia cenaba, el padre les comunico algo, que aun siendo ya esperado, no dejaba de ser doloroso: Tenían que abandonar el pueblo, allí ya no había futuro para ellos y él había tenido la suerte de encontrar un empleo en una lejana ciudad. Lo cual, significaba que Pulgarcito, tendría que abandonar todo aquello que consideraba su zona de seguridad, sus abuelos, sus tíos y primos, sus amiguitos y compañeros de juegos, para adentrarse en un mundo nuevo y desconocido. Por primera vez el niño experimento un agudo sentimiento de frustración. “Me han engañado – pensaba – me decían que el pueblo siempre seria mi refugio, mi apoyo, el lugar donde siempre estaría protegido, pero ahora ya no hay sitio aquí para mí”.
En su nuevo destino, el Ciudadanito Pulgarcito, tenía que cursar sus estudios en un colegio de religiosos, o sea de “curas”. Tres misas a la semana, rosarios interminables, confesiones humillantes entre palabras entrecortadas y halitosis, brutales palizas por cualquier nimiedad, por cualquier desliz propio de la niñez. “Todo esto es por vuestro bien”.- les decían – “Dios os ama” – menos mal – “y vosotros tenéis que ser dignos de ese amor” y mientras esto iba diciendo, el cura le deslizaba una mano blanda y sudorosa por la nuca a través del cuello de la camisa. Eso, si no tenía mala suerte y las cosas iban más allá.


A la edad de quince años, el Ciudadanito Pulgarcito, decidió que no tenía facultades para estudiar, ni humor para seguir aguantando a los curas, por lo que se buscaría un trabajo y dejaría de ser una carga para sus padres, aportando un dinerito del que nunca andaban
sobrados en casa. De nuevo la frustración. “Me han vuelto a engañar – pensaba el ahora adolescente Pulgarcito – me dijeron que los curas, en tanto que ministros de Dios en la tierra, eran humildes y generosos, llenos de amor al prójimo, de compasión y tolerancia”. Después de conocer a los “ministros”, al muchacho no le quedaban ganas de conocer a su “Jefe”
No era difícil en aquellos tiempos para un chaval de quince años – si era medianamente espabilado – encontrar trabajo. Al patrón le venía de perlas, les pagaba un sueldo de miseria, en raras ocasiones los aseguraba y la jornada laboral era la que a él le daba la gana. A cambio, podían aprender un oficio que le permitiría ganarse honradamente la vida. Sin embargo, en ocasiones, la tiranía y el despotismo del patrón se hacían insoportables y el Ciudadanito Pulgarcito, empezó a pensar que tenía que haber alguna manera de defenderse de tales tropelías. Con sus ya dieciocho años, tomo conciencia de la explotación y la injusticia que se ejercía sobre las clases trabajadoras en particular, pero también sobre la población en general. El dictador aplicaba una represión intolerante, que mantenía a los ciudadanos, bajo un férreo control de pensamiento Nacional- Católico y cualquier disidencia se pagaba muy cara, con la cárcel y en numerosas ocasiones con la vida. Esto no arredro al Ciudadanito Pulgarcito, que consiguió entrar en contacto con ciertos grupos que luchaban contra el “régimen” desde la clandestinidad, claro está.
Un día, sus compañeros de lucha, le dijeron a Pulgarcito, que estaban preparando la manifestación del 1º de Mayo y que tendría que llevar una mochila cargada de octavillas con proclamas contra el régimen. El muchacho aceptó el riesgo y así lo hizo. Pero aquella mañana, algo salió mal, la policía los rodeó, cargando contra ellos con tal brutalidad que fueron numerosos los heridos y los detenidos. Pulgarcito mantuvo la serenidad en medio de aquella vorágine de gritos, disparos de pelotas de goma, golpes, porrazos, y consiguió deslizar su mochila debajo de un coche, lo que con toda seguridad le libro de pasar una buena temporada en la cárcel. De lo que no pudo librarse, fue de pasar cuarenta y ocho horas en una comisaría, donde los tipos de la Brigada Político-Social le dieron un buen repaso. Querían que les diera los nombres de sus compañeros de “célula”, donde escondían la multicopista y otros datos de los que él no tenía ni idea. Pero para aquellos energúmenos eso era lo de menos. Lo pasaron por “la picana”, “la bañera”, le mantuvieron despierto a base de golpes con toallas mojadas y cuando ya aburridos, llegaron a la conclusión de que el chico no diría nada porque nada sabía, lo dejaron irse, eso sí, después de ser fichado como “elemento subversivo” .
Mientras caminaba hacia su casa, magullado y maltrecho, observaba a los transeúntes confiados e ignorantes – ¿o tal vez cómplices? – de aquella gran mentira que mantenía a un país sumiso y postrado ante un dictador bendecido por la Santa Madre Iglesia, que sin ningún rubor, lo paseaba bajo Palio, mientras una gran parte de la ciudadanía aplaudía enfervorecida.
No había trascurrido mucho tiempo desde que el Ciudadanito Pulgarcito tuvo su primer “encontronazo” con las fuerzas represoras, cuando recibió la notificación de que debía incorporarse al servicio militar obligatorio. Catorce meses de secuestro por parte del
Ejército a los ciudadanos varones, que si como civiles carecían de libertades, al entrar en los cuarteles, quedaban anulados como personas. En aquel mundo de militares déspotas, alcohólicos y muchos de ellos semi-analfabetos, que parecían confabularse para amargarle la vida a los jóvenes que caían en sus manos. Si se daba el caso de que alguien tuviera antecedentes por cuestiones políticas, la cosa se complicaba. Los catorce meses podían ser un infierno, en el que no se escatimaban las más variadas formas vejatorias. Humillaciones, arrestos arbitrarios y otras prácticas, degradantes todas ellas, enfocadas a anular la personalidad del individuo.
El Ciudadanito Pulgarcito, volvía a sentirse engañado. Siempre le habían dicho que los militares eran gente de honor, pero ¿Qué honor, que gallardía había en maltratar y escarnecer a pobres muchachos, algunos de ellos procedentes de remotas aldeas, acobardados, abrumados por aquella situación inédita para ellos?
Recuperado su estado de civil, y gracias a los conocimientos que había adquirido en su época de “aprendiz” en el sector del metal, consiguió Pulgarcito un empleo en una fábrica del ramo, donde le permitían desarrollar sus conocimientos profesionales y recibía un sueldo digno, aunque para ello tuviera que pelearse de vez en cuando con la dirección de la empresa. Eso lo tenían asumido, tanto él, como sus compañeros de sindicato, formaba parte de las relaciones laborales.
Y, lo que parecía imposible – ¡Por fin!- Ocurrió. El sátrapa, murió de viejo y en su cama, después de dejarlo “todo atado y bien atado”. Por su despótica voluntad, endosó al País a un rey perteneciente a una dinastía enferma de endogamia, mentalmente desequilibrada, traidora y corrupta, que en tiempos pretéritos, habían esquilmado las arcas del imaginario País. Un rey que no defraudó, haciendo gala y honor a sus ancestros, resulto ser tan corrupto, golfo y desleal a su País, como lo habían sido sus antepasados. Claro, que el monarca en cuestión, nunca hubiera podido cometer sus tropelías, sin la complicidad de una prensa “amarilla” vendida a los poderes facticos, y la connivencia de los sucesivos gobiernos. Porque al fin y al cabo, el rey es el rey y ejerce como tal, pero el cortesano puede elegir no arrastrarse. Un sistema social de esta índole, necesita de la simplificación y el embrutecimiento de las masas, para no reventar de tanta contradicción.
Se mantuvieron intactas las estructuras del Estado. Los cuerpos represores, la justicia, el Ejercito, mantuvieron sus “Cuadros y Mandos”. La Iglesia mantuvo sus privilegios hasta nuestros días. Incluso en periodos en los que gobernó una “seudo- izquierda”, a la que le faltó voluntad y coraje, para revertir esta situación.
¡Cuántas esperanzas y cuantas ilusiones frustradas! Apagados los fuegos artificiales de una Transición, con la que tanta gente había soñado, a los ciudadanos del imaginario País, les quedó una Constitución – “Cambiar todo, para que todo siga igual”- dentro de la cual metieron “con calzador” un artículo en el que se justifica la Monarquía para evitar así, que el pueblo la votara por separado.
Una Constitución, que como todas las constituciones, no es más que pura teoría, una bonita declaración de intenciones. En ella se pueden leer artículos que garantizan al
ciudadano el derecho al trabajo, a una vivienda digna, a no ser discriminado por razones de sexo, raza, filiación política. También se recoge el derecho a una enseñanza gratuita y de calidad, a una justicia ecuánime e imparcial igual para todos, un Estado laico y aconfesional “donde ninguna religión tenga preeminencia sobre las demás”.
Con el transcurrir del tiempo, El Ciudadanito Pulgarcito – al igual que muchos otros ciudadanos – se dio cuenta de que una vez más había sido víctima del engaño. Que a pesar de esos bonitos artículos, los trabajadores eran despedidos arbitrariamente de sus puestos de trabajo, e iban a formar parte de un gran colectivo que ya no trabaja ni en laborable ni en festivo. Condenados a la desesperanza y en muchos casos, a la marginación y la miseria. Que para la mayoría de la población, tener una vivienda decente, significaba hipotecar el resto de su vida con un banco, que, si las cosas se ponían mal y no podían hacer frente a los pagos, más pronto que tarde, los desalojaban de sus viviendas, poniéndolos de patitas en la calle sin ningún miramiento. Esos mismos bancos, que cuando tenían algún tipo de “crisis”, recibían cantidades vergonzosas de dinero del erario público, sin que tuvieran la obligación de devolverlo.
Observaba Pulgarcito, como la enseñanza pública se iba degradando, escatimándole recursos, tanto económicos como humanos, desviándolos a la enseñanza privada y concertada. La mayor beneficiaria de dichos recursos, resultaba ser la Iglesia Católica, cuyo poder seguía intacto, erosionando la vida ciudadana y coaccionando al Estado y sus instituciones, para no perder ni un ápice de sus privilegios.
Era evidente como poco a poco, los dos partidos mayoritarios – uno de ultraderecha y el otro de una supuesta “izquierda” – que se alternaban en el gobierno, recortaban derechos y libertades, que tanta sangre, sudor y lágrimas, les había costado conseguir. Se promulgaron leyes, mediante las cuales, se pedían penas de cárcel o fuertes multas a cantantes, actores o titiriteros. Se coartaba la libertad de expresión a revistas y periódicos díscolos, se consideraban faltas graves, e incluso delitos, mirar mal a un policía. Todo ello sancionado y avalado por un Poder Judicial añorante del antiguo régimen, que se mostraba, sin embargo, muy tibio cuando se trataba de delitos cometidos por personajes poderosos e incluso de la Casa Real.
Bueno – pensaban las buenas gentes del imaginario País – menos mal que tenemos una sanidad pública que es el ejemplo del mundo por su efectividad y principio solidario. Pero, hete aquí, que una inesperada y brutal pandemia a nivel mundial, volvió a dar a los confiados ciudadanos una bofetada de realidad. La falta de personal sanitario, que había tenido que emigrar a otros países por los sucesivos recortes de presupuesto, las privatizaciones y las corruptelas, habían debilitado de tal manera su tan querida sanidad, que esta colapsó, provocando innumerables víctimas y situaciones tan dramáticas que solo se concebían en países llamados “tercermundistas”.
Como consecuencia de dicha pandemia, la economía se tambaleó de forma alarmante y algunas empresas tuvieron que cerrar. Una de estas empresas, era en la que nuestro protagonista, había trabajado durante más de cuarenta años.
Ante esta delicada situación, el gobierno de turno tomó una decisión Salomónica y decidió que los trabajadores de más edad tendrían que jubilarse forzosamente. Lo malo del caso era, que la mayoría de ellos, al no alcanzar aun la edad de jubilación estipulada, se vieron abocados a tener que irse a sus casas con una pensión de miseria después de una larga vida laboral.
¡Oh! Pequeño Pulgarcito, tu imaginario País de nuevo te ha dado la espalda. Las migas de pan, que fuiste tirando por el camino para que te sirvieran de guía en el laberinto de la vida, se las acabaron comiendo los pájaros, y las botas de “siete leguas” no te sirvieron para huir del horrible gigante en que se convirtió el sistema.
Alguien dijo: “Es más fácil engañar a alguien que convencerlo de que lo han engañado”.

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