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¿Aprenderemos algo?

Autor del artículo: Miguel Castro Villar

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Calles semi-desiertas, el tráfico rodado reducido a la mínima expresión, los colegios y los parques sin niños, deshabitados de su griterío, de sus risas. Miras la ciudad queda, como si de pronto todo ocurriera a cámara lenta, te invade una extraña sensación que desconocías, que solo habías visto en alguna película de ciencia-ficción.

Ya está, ya ha ocurrido, ¡A nosotros, que hace tan solo unos días creíamos tenerlo todo bajo control! y de pronto como si de una plaga bíblica se tratara, un virus nos recuerda nuestra enorme fragilidad.

Corremos a los supermercados y nos encontramos con estanterías vacías de los productos más básicos y sobre todo de papel higiénico ¿…? “Pero si esto solo ocurría en Venezuela y esos países del llamado tercer mundo”. Nosotros somos Europa, tenemos una economía potente, una sanidad que es la envidia del mundo.

Miramos acongojados hacia el Estado, esperando que tenga la solución milagrosa que nos saque inmediatamente de esta situación. “Yo pago mis impuestos y eso me da derecho a que estas cosas no me ocurran, papá Estado tiene la obligación de garantizar mi bienestar e incluso mi felicidad aunque yo sea un imbécil”.

El Ejecutivo intenta no parecer desbordado y toma las medidas que cree más convenientes, entre ellas el Estado de Alarma, que confina a la mayoría de ciudadanos en sus casas. La oposición comparece y declara que estará codo con codo con el gobierno apoyando sus decisiones ¡Mentira! Aprovecha la más mínima oportunidad para lanzar ataques sin justificación, de los que espera réditos políticos. La ultraderecha encuentra un perfecto campo abonado donde lanzar su veneno y ¡Oh sorpresa!, se convierte en adalid de las libertades individuales, lanzando proclamas para analfabetos. Nada nuevo.

La sanidad pública resulta que no era tan potente como nos habían hecho creer y no tarda en verse desbordada por la situación. Falta de material fungible, de respiradores, de camas y de lo que es más importante, de personal. Los brutales recortes presupuestarios, las privatizaciones y en general la corrupción que ejerció el anterior gobierno – ahora en la oposición – nos muestran la cruda realidad. Solo la entrega incondicional, sin fisuras y la gran profesionalidad de la mayoría de los trabajadores de la sanidad pública y privada, van salvando a duras penas la situación. La gente desde su confinamiento, sale a las ventanas y balcones de sus casas y les ofrece un aplauso agradecido, aplauso que debería hacerse extensivo a otras personas, como empleados de supermercados, operarios del servicio de limpieza, conductores de autobuses, taxistas, y todas esas personas que se mantienen en sus puestos de trabajo y hacen que la situación sea más llevadera y no se convierta en algo insoportable.

Surge una corriente de solidaridad entre la población. Yo lo siento, hace mucho que creo que este país no es solidario, ni ha sido nunca, ni nunca lo será, salvo casos aislados y puntuales, que salvan la cara al resto. No es solidaridad, es miedo, miedo a perder el estado de confortabilidad en el que nos hemos instalado, miedo a perder nuestros privilegios.

Hace tan solo unos meses atrás, todo el mundo sabía – y el que no lo sabía es porque miraba hacia otro lado – que en este país había alrededor de 1.500.000 familias viviendo en el umbral de la pobreza, que había una cantidad vergonzosa de niños cuya única comida diaria era la que le daban en los colegios, esos mismos colegios públicos a los que el gobierno de derechas que ellos sustentaban con sus votos, les recortaba el presupuesto salvajemente. Que miles y miles de padres de familia, aun trabajando ocho o diez horas diarias, tenían que recurrir a los servicios sociales porque no llegaban a fin de mes, teniéndose que privar de cosas tan básicas como la calefacción en invierno ¿Dónde estaba entonces la solidaridad?

Eso sin contar con las reticencias que muchos tienen a la hora de cumplir con las exigencias impuestas por el Estado de Alarma. Hemos echado “una piel muy fina” ¿Qué ocurriría si en vez de escuchar por las tardes los aplausos y los vítores solidarios, escucháramos bombardeos cercanos, o el rugir de un avión de combate sobre nuestros tejados, o que al ir a la compra, un francotirador te pudiera volar la cabeza? Pues podemos preguntarles a los refugiados sirios, sí, a esos que les negamos la entrada en nuestros países confortables. Por lo tanto cuando el encierro nos resulte agobiante – que lo es, no lo vamos a negar – echemos un vistazo a nuestro alrededor e intentemos consolarnos y tranquilizarnos.

Saldremos de este trance, no me cabe la menor duda, el ser humano tiene una tremenda capacidad de adaptación. No es casualidad que en su momento superáramos a otras especies de “homo”, que acabaron sucumbiendo, mientras nosotros colonizábamos el planeta, pero ¿Sacaremos alguna conclusión, alguna enseñanza positiva de todo esto? No lo creo, volveremos a nuestra vorágine cotidiana, a nuestros egoísmos, a nuestras envidias, a nuestros celos, a nuestro afán de estar por encima del otro, cueste lo que cueste. Seremos capaces de sacar una vacuna contra este virus – seguro – pero no seremos capaces de sacar un antídoto contra todas estas mezquindades.

Sería el momento ideal para hacer un paréntesis y reflexionar sobre nuestro modelo de vida, pero nos dirán que la economía no espera, los poderosos necesitan seguir siéndolo, necesitan seguir acumulando dinero y poder y aprovecharán la ocasión para “vendernos la moto” de que se necesita mayor control policial, de que ya no es posible apelar al derecho a la intimidad y darán otra vuelta de tuerca a nuestras libertades individuales. Intentaran vendernos el modelo chino, donde el Estado omnipotente se está convirtiendo en una especie de Gran Hermano de Orwell, y nos dirán – como en otras ocasiones – que es por nuestra seguridad, para que esto no vuelva a ocurrir.

Son días de recuerdos, de nostalgias y añoranzas de aquellos amigos y familiares, de los que nos fuimos apartando sin saber muy bien porqué, de aquel beso que nunca dimos, de aquel amor que perdimos por absurdos remilgos, aquellas palabras que debimos decir y no dijimos, de aquellos conciertos que nos perdimos. También podemos hacer, lo que los creyentes cristianos llaman “un acto de contrición” y reflexionar sobre cómo queremos que en el futuro sean nuestras vidas.

 

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