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Pueblos abandonados

Autor del artículo: Miguel Castro Villar

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Pueblo vacío, el alma se encoje escuchando el viento ulular sobre los desvencijados postigos de casas derruidas, donde un día se fraguaron tantos sueños, tantas ilusiones, donde se vivieron alegrías y tristezas, donde se amó, en sus ya destartaladas alcobas.

Pueblo abandonado; en las calles vacías y polvorientas, ya no se escuchan las risas ni los juegos de los niños, las voces de las comadres, el pregón de un vendedor ambulante. El tintineo de los yunques en la fragua se extinguió para siempre.

El campanario aun en pie, símbolo de un triste orgullo, muestra como dos cuencas vacías los huecos de las campanas, que con sus voces de bronce convocaban a los feligreses a los acontecimientos que marcaban sus vidas.

La Naturaleza reclama su territorio. La hiedra y la grama, medran sobre las paredes y se cuelan en los umbrales de puertas que ya no tienen nada que guardar.

Cada vez con más desgana, el primer día de Noviembre algunas personas se reúnen en el cementerio a depositar flores en tumbas a penas ya reconocibles cuyos ocupantes, poco a poco se van difuminando en la memoria colectiva.

Parece que últimamente, se ha puesto de moda el tema de la España vaciada. Problema de difícil solución, puesto que, es una ardua empresa salvar a un náufrago cuando este está decidido a ahogarse.

Los pequeños pueblos, las zonas rurales, tienen la batalla perdida ante las ciudades. Las grandes urbes, con sus cantos de sirena y su engañoso confort, atraen a los jóvenes del medio rural, que ven en ellas la solución a su economía, a su emancipación y al tedio que en ocasiones supone vivir en pequeños pueblos. Esto, unido a que a la mayoría de estos jóvenes, gracias a la burocracia y la inoperancia de las distintas administraciones, les resulta más difícil establecerse en el sector agrícola-ganadero, que hacerse ingenieros aeronáuticos.

Los que siendo aún muy niños, tuvimos que abandonar los pueblos en pos de las ciudades, donde nuestros padres, pretendían encontrar un futuro más halagüeño para ellos, pero sobre todo para sus hijos, vivimos una época de añoranzas y de amor al terruño, que se nos “inyectaba en vena” por parte de nuestros progenitores. Era rara la conversación que no versara sobre el pueblo. Esperábamos con ansiedad las vacaciones que pasábamos en el pueblo. No existía en el Mundo ningún otro sitio que se pudiera comparar con nuestro pueblo a orillas del rio Valderaduey.

No puedo, ni quiero imaginarme, en aquella época, el trauma, la terrible sensación de vacío, e incluso de desamparo que para nosotros hubiera supuesto que nuestro pueblo se hubiera convertido en “un pueblo fantasma”.

Ya con la perspectiva del adulto, que te hace tomar distancia y ver el bosque sin que los arboles te lo impidan – a veces no es fácil – empiezas a darte cuenta de que “no es oro todo lo que reluce” y que no es del todo verdad, que en el medio rural la gente sea más acogedora, ni más generosa, ni más solidaria, ni siquiera más simpática. Tengo el convencimiento, de que los núcleos de población, cuanto más pequeños, más propicios son a las envidias, las rencillas, los odios, y donde la mezquindad encuentra el terreno más propicio. Decidí, hace ya un tiempo, entrar en una fase de desafección, digamos que de desapego voluntario. Ardua labor, pues no dejaba de frecuentar – aunque menos– a mi familia y a mis amigos de la infancia. Constantemente me preguntaba, porqué ese pequeño lugar anodino, que ni siquiera posee la más mínima belleza estética, podía ocupar ese gran espacio, tanto en mi cabeza como en mi corazón, y la respuesta me llego un día en que mi buen amigo Paco Gómez, buscador incansable de todo tipo de curiosidades, me mando una copia de mi Partida de Bautismo. En esa especie de documento, escrito a mano, se explica de forma casi tajante, como si la persona que lo redactó hubiera previsto las dudas que algún día pudieran inquietarme: “Puedes ir a otras ciudades, vivir otras vidas, pero este es quien eres, y esta es la tierra a la que perteneces.”

En el documento en cuestión, se explica muy claramente quien son mis padres, mis abuelos, maternos y paternos, mis padrinos, incluso otros familiares que actúan de testigos del bautismo. Todos, absolutamente todos, son nacidos y criados en el lugar. Son demasiado profundas las raíces para pretender deshacerte de ellas.

Visito de vez en cuando el cementerio, me gusta ir solo. Me sorprendo a mí mismo – debe de ser cosa de la edad – deambulando entre cruces y panteones. ¡Cuántas personas archivadas ya bajo estas lapidas! Personas a las que quise tanto. Mis padres, mis abuelos, tíos, primos, algún amigo. Me parece ahora tan efímero el tiempo que disfruté de su presencia.

Recorro las calles, que apenas han cambiado, sigo reconociendo cada rincón, cada esquina. Saludo a todas y cada una de las personas con las que me encuentro. Todos saben quién soy, me conocen y yo los conozco a ellos, e íntimamente les agradezco que sigan ahí, que sigan manteniendo vivo ese lugar, que con sus defectos y virtudes, ineludiblemente sigue siendo el mío.

Todo ello, hace de la contemplación de un pueblo abandonado, un espectáculo tan triste y conmovedor.

“Si yo pudiera unirme a un vuelo de palomas y atravesando lomas dejar mi pueblo atrás, juro por lo que fui que me iría de aquí.

Pero los muertos están en cautiverio y no nos dejan salir del cementerio”

(J M. SERRAT.)

 

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