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Pecados capitales

Autor del artículo: Miguel Castro Villar

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Según datos de National Geographic, la primera pandemia de la que se tiene constancia fue la llamada “Peste de Justiniano.” Apareció en la entonces ciudad de Constantinopla donde se llevó por delante al 40% de la población – el propio emperador, Justiniano resulto afectado pero pudo remontar la enfermedad – y en todo el imperio, calculan algunos historiadores que pudieron  morir cuatro millones de personas.

Otra pandemia importante fue la “Peste Negra” en el siglo XIV, entre 1346 y 1353. Esta terrible peste en la Península Ibérica acabo con, entre el 60% – 65% de la población y en la región italiana de La Toscana, del 50% al 60%. La población europea paso de 80 millones a 30 millones de habitantes.

A finales de la 1ª guerra mundial (1918) surgió la llamada “Gripe Española,” aunque paradójicamente el primer caso se detectó en un hospital de EEUU, se extendió rápidamente debido al movimiento de tropas y el hacinamiento de soldados en las trincheras. Se calcula que esta pandemia pudo generar alrededor de 50 millones de muertos, aunque algunos aseguran que llegaron a ser 100 millones.

Cuando salía este tema en las clases de historia, incluso aún más recientemente en alguna charla, prácticamente todos los participantes poníamos una sonrisa de suficiencia. “Claro, pobrecillos, en aquellas épocas, sin los más mínimos medios sanitarios y sin apenas nociones de medicina.” Y como una especie de acto reflejo, como un mecanismo de autodefensa, pasábamos a pensar: “Esto ahora, en pleno siglo XXI, no puede ocurrir. Nosotros, que somos capaces de mandar sondas espaciales más allá del Sistema Solar, que mantenemos a seres humanos durante meses, en una Estación Espacial que orbita alrededor de la tierra, que con nuestra tecnología podemos hacer que un cirujano desde EEUU opere a un paciente en Madrid, esto lo atajaríamos en cuatro días.”

Y, aquí nos encontramos, entre estupefactos y acongojados, con la sanidad de prácticamente todos los países desbordada, más de la mitad de la población mundial confinada en sus casas, más de 200.000 víctimas – que se sepa-  y los políticos del mundo tirándose “los trastos” a la cabeza e intentando rentabilizar la situación en su propio beneficio, o en el de sus intereses geoestratégicos, mientras los ciudadanitos de a pie, sin saber aún “de donde les viene el aire” se preguntan ¿Cómo es posible esto? ¿Cómo puede ser, que con las cantidades ingentes de dinero – de nuestro dinero –  que se dedican a la sanidad, cuando ocurre una emergencia de estas características nos pille “en bragas”, desabastecidos de los más elementales medios de protección?

Cuando el Homo Sapiens decidió dejar su actividad de cazador-recolector y establecerse en poblados para cultivar la tierra y criar sus propios animales, se infectó de varios virus de los que hasta la fecha, con toda nuestra tecnología estratosférica, no hemos conseguido encontrar la vacuna. Estos “virus” son lo que los creyentes llamarían Pecados Capitales, esto es: IRA, ENVIDIA, AVARICIA, SOBERBIA… Todos estos “virus” juntos conforman una mezcla explosiva que hacen de nuestra sociedad, una sociedad enferma, que antepone a lo más elemental del ser humano, que es la salud, el bienestar y sobre todo el derecho a la vida, a espurios intereses económicos y de poder, que maltrata a la Tierra con un brutal y demencial desprecio por el planeta que nos acoge a todos, mientras gasta cantidades astronómicas en mandar vehículos a Marte, como queriendo transmitirnos un mensaje de: “No os preocupéis, el día que ya resulte imposible vivir aquí nos iremos todos a Marte tan ricamente,” sin tener en cuenta – putos descerebrados – que la Tierra es una casualidad cósmica como es posible que no se dé otra en todo el universo, y que en el caso remoto de que se diera, nosotros jamás la encontraríamos Entonces ¿Por qué gastar desorbitantes cantidades de dinero en perseguir quimeras, en vez de invertirlo en hacer más agradable la vida y mimar nuestro precioso planeta?.

El mayor enemigo del ser humano, no es otro ser humano, como nos han intentado hacer creer desde tiempos inmemoriales. Los mayores enemigos del ser humano son los virus – y algunos tipos de bacterias –  que siempre han estado ahí, agazapados, latentes, que periódicamente, nos han atacado y nos han diezmado de una manera brutal. Y aun sabiéndolo no nos hemos protegido. Gastamos cantidades vergonzosas de dinero en armamento que podría destruir varias veces el mundo, mantenemos absurdas organizaciones militares, para enriquecer a los fabricantes de armas ¿Cuántos EPIS se podrían comprar con lo que vale un misil de última generación? ¿Cuántos médicos e investigadores se podrían contratar con lo que vale un carro de combate? Solo con lo que cuesta un avión caza-bombardero se podría construir un hospital.

Tenemos organizaciones internacionales absolutamente inoperantes, como la ONU, que dedica el 80% de su presupuesto en pagar las suculentas nóminas de sus empleados y que solo obedece a la voz de sus amos – léase los cinco países con derecho a veto – pero no disponemos de un organismo internacional bien dotado económicamente, donde trabajen los mejores científicos, los mejores investigadores los mayores expertos en epidemiologia, que puedan prever y atajar este tipo de pandemias antes de que se conviertan en tales. Pero claro, esto tal vez podría molestar a los todopoderosos laboratorios farmacéuticos. Algunos también dirán: Para eso ya tenemos la OMS. La Organización Mundial de la Salud, está integrada dentro de la ONU y en la mayoría de las ocasiones se muestra tan inoperante como ella, y en otras parece estar más al servicio de los laboratorios farmacéuticos que al del interés general.

Vivimos unos tiempos en que las multinacionales, la banca y los grandes grupos económicos, han tomado el mando. Probablemente siempre haya sido así. Pero en estos momentos su poder es tan grande, que ya ni se molestan en disimularlo. Han convertido a los estados en títeres sin ninguna o muy poca capacidad de decisión, corrompiendo a políticos y gobiernos enteros, que se comportan más como ejecutivos de sus Consejos de Administración, que como personas al servicio del pueblo que los eligió. Con la complicidad de unos medios de “desinformación” vendidos al poder económico, han conseguido que la mayoría de periodistas y ciudadanos en general, se conviertan, los unos, en cómplices de sus tropelías, y a los otros en una especie de alienados por unos fuegos de artificio lanzados muy inteligentemente en el sitio y el momento preciso. Y si alguien disiente, inmediatamente lo transforman en una suerte de personaje extraño, raro y extravagante, que ha venido a jodernos la fiesta, y si se pone pesado, se lo pasan al Poder Judicial que muy obedientemente, lo convierte en “proscrito” o “terrorista”.

Cuando salgamos de este trance – malparados los de siempre – no estaría de más que meditáramos un momento sobre si queremos curarnos o preferimos seguir enfermos.

“Si no se curan, las pequeñas heridas del orgullo, conducen a grandes catástrofes”.

 

4 pensamientos en “Pecados capitales

  1. Esta publicación es de un sentido común tán aplastante, que no podrá llegar al común de los mortales, porque el sentido común ha muerto. Ha sido ejecutado en aras del mezquino interés del común.

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  2. De acuerdo, pero que conste en acta que el gobierno actual de España está realizando una gestión negligente y desastrosa en la gestión de esta epidemia.

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