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Pigafetta. La búsqueda de tierra firme de la conciencia europea [1]

Autor del artículo: Álvaro Luis Rodríguez Sanz

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Resumen: En 1519 da comienzo la expedición que circunnavegará el globo. Una de las crónicas de la misma es la de Antonio Pigafetta. Es nuestra intención en este artículo apuntar tan solo los cambios que se producen en la concepción del mundo a partir del nacimiento de un nuevo uso instrumental de la razón y como se muestran en la obra de Pigafetta.

Rafael Ramis Barceló señala en La filosofía del Renacimiento y el humanismo según Thomas Leinkauf[2] dos ejes a través de cuyas tensiones puede ser explicada tanto la cosmovisión del hombre europeo del S.XVI como su posterior desarrollo. Por un lado habla del eje entre esencia y existencia y por el otro, el eje entre las palabras y las cosas, Essentia/ existentia, Res/ verba. En esta comunicación intentaremos buscar dichas tensiones a partir de la forma de entender el conocimiento, que afecta y es afectada al tiempo por los modelos de acercamiento al otro, la manera de conocer la esfera que rodea al sujeto y la situación de Dios con respecto lo creado en la obra de Antonio Pigafetta Primer viaje alrededor del mundo, tensiones que terminarán por provocar lo que Javier de Lorenzo[3] denominó una ruptura epistemológica, ruptura cuyas huellas encontramos en obras características de los Siglos de Oro de la literatura española En cuanto a la forma de acceder al conocimiento los nuevos descubrimientos afectan de manera sustancial a la relación entre lo universal y lo particular. Desaparece la idea de mundo como todo ordenado. Los llamados mapas OT, mapas que concebían el universo como un todo formado por tres zonas terrestres que se agrupan dibujando una cruz con Jerusalén en el medio y que responden no tanto a la necesidad de dar cuenta de un espacio para su navegación, sino de trasladar un orden simbólico hacia lo fenoménico, resultan del todo inútiles a medida que la navegación atlántica avanza. Esta forma de entender la cartografía se corresponde con el modelo medieval de conocimiento heredado de la tradición grecolatina, en el que el sujeto extrae a través del análisis unos principios generales de la realidad, en un movimiento al que podríamos llamar ascendente para, en un movimiento descendente, adaptar y clasificar la realidad fenoménica a dichos principios. Se trata de que la realidad física encaje con una concepción previa del cosmos como un todo ordenado y por tanto, si por medio de la teología hemos llegado a unos principios básicos relativos a la forma del mundo, el territorio explorado debe encajar. El problema es cuando no encaja, porque nos vemos en ese caso obligados a realizar malabares mentales como afirmar que los territorios americanos son el edén, o a negar las premisas de las que hemos partido, resultando, por tanto, afectado el propio sistema de conocimiento. Primero mediante la cartografía portulana, llamada así por su interés por la descripción minuciosa de puerto a puerto con datos extraídos de la experiencia empírica, y después mediante nuevos sistemas de proyección basados en la obra de Ptolomeo, esta manera de acceder al conocimiento a partir de un orden, y de concebir al mundo como un cosmos ordenado que subyace a la misma desaparece en gran parte por la experiencia de los viajes atlánticos que siempre aportan nuevos contrafácticos a la misma. Esta tendencia se observa en Pigafetta. Es constante el afán por describir las costas y relieves, con detalladas relaciones de los distintos accidentes, las especies animales que encuentra y los cielos bajo los cuales navega. Dice:

El polo Antártico no goza de las mismas constelaciones que el Ártico, viéndose en él dos grupos de pequeñas estrellas nebulosas que parecen nubecillas, a poca distancia uno de otro. En medio de estos grupos de pequeñas estrellas se descubren dos muy grandes y brillantes, cuyo movimiento es poco aparente; indican el polo Antártico. Aunque la aguja imantada declinaba un poco del norte verdadero, sin embargo se volvía siempre al polo Ártico, pero sin obrar con tanta fuerza como cuando se dirige a su propio polo. (….) Hallándonos en el medio del mar, descubrimos hacia el oeste cinco estrellas muy brillantes colocadas exactamente en forma de cruz

Se repite aquí lo dicho. Desde que Gil de Eanes atraviesa el Cabo Bojador en 1434 la progresiva presencia de contrafácticos anula las cosmovisiones anteriores. Los fenómenos celestes observados en el hemisferio sur son incompatibles con paradigmas cosmológicos vinculados a una determinada posición geográfica del observador. Los principios que, mediante el análisis se han extraído de las observaciones realizadas en un lugar concreto de Europa son insuficientes para explicar lo observado desde nuevas posiciones. De repente los límites del mundo desaparecen. Nos liberamos de las correas de la cosmovisión previa que nos constriñe al dejar de concebirse como un todo tripartito para pasar a entenderse como una serie de fenómenos que admite adiciones, y no solo en cuanto a las observaciones geográficas. A finales del S.XV Pico della Mirandola funda la dignidad del hombre en su indeterminación, en la inexistencia de todo límite en el mismo. El ser humano contiene en sí el infinito y ha sido colocado en medio de la creación para que mediante su intelecto otorgado por la gracia de Dios pueda, por su propio arbitrio, definirse a sí mismo. A diferencia de otras criaturas, ha de rematar la obra de Dios. Y si todos los hombres sin excepción tienen acceso a esa gracia, incluso el más bárbaro puede acceder a ella. La ocasión es perfecta para revalorizar al hombre europeo. Si este se encuentra espiritualmente cerca de Dios, el resto de naciones se encuentran en diferentes estadios de evolución cultural hacia la perfección, lo cual permite volver a situar al hombre europeo en el centro, no ya desde perspectivas geográficas, sino trascendiendo esa centralidad hacia lo espiritual. Cuando Pigafetta se enfrenta a otras realidades humanas diferentes de la europea este punto se encuentra muy presentes. Pero Pigafetta no describe dicha evolución, aunque la insinúe. Su interés radica en la idea de plasmar datos con toda exactitud para poder servir de guía para todas las expediciones posteriores, una guía que recoja no solo los distintos accidentes geográficos, sino las poblaciones con que los que le pudieran seguir se encontrarían. Resulta pues de un interés vital la exactitud, pues de ella dependerán el éxito o no de dichas expediciones, con la pérdida tanto de vidas como económica que comporta. Esto hace que describa tan solo existentes concretos. Pigafetta traza un mapa portulano de las distintas sociedades con las que se encuentra. Lo que observa ya no es una consecuencia directa de sus conocimientos anteriores sino datos experienciales que constituyen una fuente de conocimiento en sí, un derrotero al que encontramos un sentido evolutivo tan solo si aceptamos una visión concreta de la relación entre los existentes y la esencia que el autor se cuida mucho de plasmar. Pigafetta no es capaz ni le interesa dar cuenta de esencia de lo que encuentra, sino que se centra en lo único observable, el existente. Como consecuencia de lo dicho se produce una secularización del espacio. Con el avance de los descubrimientos y la desaparición de la tierra incógnita, las entidades míticas que lo habitaban quedan poco a poco desterradas. Pero esta situación no solo afecta a los seres maravillosos. Dios se queda sin un espacio propio. Ya no existe un lugar privilegiado para la divinidad, sino una homogénea sucesión fenoménica. Se expulsa a Dios del mundo, confinándolo a la inmanencia del panteísmo, a la trascendencia o a la inexistencia. La relación entre Dios y el mundo se torna problemática. Pero también, hemos visto, la relación entre lo particular y lo universal, es decir, los fenómenos y los principios, y entre el ser contingente y el universal necesario. Todo ello, vemos, no son sino manifestaciones de la tensión entre la esencia y la existencia, señalada al principio. Pero al imponerse la duda sobre lo real, la tensión se desplaza al eje res- verba. Se rompe con la forma tradicional de acceder al conocimiento y, por tanto entramos en una situación en la que ese conocimiento es dudoso. Nada es seguro. Se hace necesaria una certeza, una isla a partir de la cual impulsar nuestro conocimiento y recuperar el mundo. Se buscan métodos a partir de los cuales, no dudemos con independencia incluso de la verdad objetiva. Nos interesa no tanto el descubrimiento de lo real como la justificación del mismo. Se duda de las fronteras entre realidad y ficción, pero también de los límites entre conocimiento y opinión. La necesidad y la evidencia ocupan el lugar que hasta el momento habían ocupado la deliberación y la argumentación, y todo lo que no sea evidente o necesario se convierte en dudoso. Pero si se impone la duda acerca de nuestro conocimiento de la realidad, tan solo nos quedan perspectivas y existentes, y un universo representado. De esta forma, para Calderón el mundo es un teatro o una prisión de la que somos liberados. Es, sin embargo un todo ordenado, como vemos en El gran teatro del mundo, orden garantizado por la presencia de una divinidad trascendente, una esencia fija alrededor de la cual giran los existentes que en ocasiones, como en El laberinto del mundo interviene para dar firmeza a ese mundo caótico. Dentro de esta visión el hombre, mediante su libertad aspira a acercarse a esa fuente de toda esencia, al autor que reparte los papeles en el teatro del mundo. Pero si no realizamos el salto de fe calderoniano hacia una esencia trascendente firme, y no tenemos necesidad, todo resulta una ilusión en la que el eje res-verba se ha inclinado a favor de la palabra, y en la que, si es todo verbo, el concepto fuerte de belleza heredero del platonismo nos está vedado. Tan solo nos queda la palabra, y su perfeccionamiento, la sutileza y la elocutio en un desplazamiento hacia lo lingüístico. Ejemplos de la tensión entre existencia y esencia los encontramos en el Lazarillo. Resulta llamativa la conciencia de Lázaro de su ascenso social, ascenso social que se materializa en ser el marido cornudo de la barragana de un sacerdote y que gracias a lo cual disfruta de un oficio de pregonero. El lector comparte la visión de Lázaro. Lázaro ha ascendido. Pero esta coincidencia tan solo se produce porque comparte su punto de vista, que bien pudiera ser otro perfectamente válido. No existe un juicio normativo sobre la vida de Lázaro. Y lo mismo podemos afirmar sobre el escudero, de quien no sabemos si es un farsante obsesionado quién sabe por qué motivos por la limpieza, nacido en una calle de dudosa reputación de Valladolid o si por el contrario es efectivamente un miembro de la nobleza venido a menos. Y realmente da igual, porque lo único importante es el hambre que pasa. El aquí y el ahora, la existencia y no la esencia, de la que nada sabemos. Lo mismo podemos decir del Quijote. A lo largo de la primera parte se muestra como tanto Don Quijote o el mundo en el que vive son lo que él ha decidido que sean. No tienen una esencia fija para el sujeto más allá de su voluntad. Resulta al respecto muy llamativa la conversación que mantiene en el capítulo V con su vecino Pedro Alonso, en la que el caballero afirma saber quién es y quien puede ser si le viene en gana, esto es, si quiere, los doce pares de Francia o todos los Nueve de la Fama. Y tanto este tipo de errores voluntarios, como las distintas burlas y engaños que se suceden a lo largo de la obra o los errores de los sentidos, como el que sucede episodio de lo batanes establecen tantos planos de la realidad como experiencias sobre la misma pueda haber. El error y el equívoco cobran protagonismo. El teatro ocupa un lugar central. El hombre es solo un actor, y el mundo, un escenario, un engaño, una ilusión. Para Quevedo en Epicteto y Focílides en español con consonantes,

La vida es una comedia; el mundo, un teatro; los hombres representantes; Dios el autor; a Él le toca repartir los papeles, y a los hombres representarlos bien.

Un siglo después de los viajes de Magallanes estaremos listos para plantear con Macbeth la vida como una sombra fugitiva; un mal actor que se pavonea y se agita por la escena, y luego no se le oye más: es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada…

Si el Atlántico se aparece no solo como un espacio limítrofe entre lo conocido y lo desconocido, sino que, a través de los viajes se proyecta sobre Europa es Europa entera la que viaja, es Europa entera la que se enfrenta a sus temores y que busca, tan desesperada como la tripulación del Victoria en Mozambique, un palmo de tierra, sea el que sea, sobre el que afianzarse.

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[1] El presente artículo se corresponde con la comunicación impartida por el mismo autor Pigafetta: La búsqueda de tierra firme de la conciencia europea (comunicación presentada en la Jornada Científica Nacional Las dimensiones humana y científica tras la vuelta al mundo de Magallanes y Elcano, en la Universidad de Valladolid, Valladolid, 2 de abril de 2019)

[2] Rafael Ramis Barceló, “La filosofía del renacimiento y el humanismo según Thomas Leinkauf,” Endoxa: Series Filosóficas, ISSN 1133-5351, Nº 41, (2018), págs. 281-296

[3]Javier De Lorenzo “La noción de estilo en matemáticas y arte”, en “Arte y ciencia, mundos convergentes” Eds Sixto Castro y Alfredo Marcos , Mexico, Plaza y Valdés (2010)

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