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Panorama sobre la desigualdad

Autor del artículo: Andrés Hombría

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Sobre  “Capital e ideología” de Thomas Piketty (I)

 

I) LAS RAÍCES

“Siempre ha habido ricos y pobres” es, probablemente, uno de los lugares comunes más repetidos en casi toda conversación que aborde el problema de las desigualdades sociales.

En realidad, está claro que el hecho es falso. En las bandas de cazadores-recolectores tal distinción  no existía, porque lo que la fundamenta, la riqueza, era inexistente. De igual forma, tampoco existía nada semejante a lo que podríamos llamar “poder” en el sentido político del término. En lo temporal eso corresponde a más del 95% de la existencia  de nuestra especie, pero difícilmente servirá como argumento para acallar a quien defienda la legitimidad de las desigualdades. Nadie imagina ni desea un retorno a la sociedad neolítica: las sociedades de nivel estatal, regidas por poderes y estratificadas por la riqueza son prácticamente universales desde hace más de un siglo. ¿Significa ello que desigualdad, progreso y bienestar son términos indisolublemente ligados?

Parece imposible responder a la pregunta sin estudiar las manifestaciones históricas de la jerarquización social, de las formas que la desigualdad ha asumido en distintas sociedades y de la evolución del desequilibrio en la propiedad,  en la renta y en la jerarquía social que en ellas se ha dado. Y esa es, creo, una de las principales aportaciones de lo que genéricamente podríamos llamar “el marxismo” al análisis social.

Se preguntaran ustedes a qué viene darle vueltas a todo esto, con la que está cayendo. Me explico, hace unos meses vi en la librería de mi barrio -sí, aquí mismo, en Laguna – el último libro del economista francés Thomas Piketty, que lleva por título “Capitalismo e ideología”. Les recuerdo que el anterior trabajo del mismo autor “El capital en el siglo XXI” fue un éxito de ventas. Sabía que su nueva obra acababa de editarse en francés y suponía que en inglés, alemán y español  también, pero me sorprendió encontrarlo en una “librería de barrio”. Temiendo encontrarme con una versión ampliada de su trabajo anterior le eché un vistazo antes de comprarlo. Había oído que era una especie de refutación de “la lucha de clases como motor de la historia” del marxismo clásico y eso parece sugerir el texto de la contraportada. Me pregunto seriamente si quien  lo redactó había siquiera hojeado el libro y supongo que no entendía nada del pensamiento social marxista.

En efecto, “El capital en el siglo XXI” denunciaba el retroceso de la igualdad  en las principales economías desarrolladas y desmentía la supuesta eficacia del modelo neoliberal, demostrando que, incluso en términos de puro crecimiento era menos eficiente que los modelos más igualitarios de los años dorados del estado de bienestar. Sin duda mostraba su rechazo moral del nuevo modelo de capitalismo financiarizado, presupuestos públicos insuficientes, recorte de derechos laborales y competencia fiscal a la baja entre estados, pero no daba una explicación clara de las claves del cambio de tendencia. No sé si desde entonces Piketty ha leído a Marx…o ha llegado en buena parte a las mismas conclusiones por su cuenta.

En efecto, decir que “la lucha de clases es el motor de la historia” no es decir que ésta es una sucesión de revoluciones triunfantes o fallidas; es afirmar que el conjunto de las estructuras  sociales existen porque permiten un cierto reparto del producto social, que los conflictos que las atraviesan son la expresión de la competencia en dicho reparto y que el horizonte intelectual y moral que las sustenta  (lo que genéricamente podemos llamar “ideología”) es la plasmación mental de dicho conflicto. Y lo que refleja el nuevo libro de Piketty es eso.

Se remonta para ello al declive de las sociedades estamentales, aquellas en que la nobleza ejercía un poder propio, pues los señores eran jueces en sus dominios, y el clero constituía el aparato ideológico del estado por excelencia. La compara al modelo de sociedad de castas de la India  dividida en  brahmanes (sacerdotes), chatryas (guerreros), vayshyas (comerciantes) y sudras (obreros manuales), en que tal diversidad de tareas (y recompensas) se justifica como la diversidad funcional de un cuerpo humano, que necesita un cerebro, un corazón, un aparato digestivo y unas extremidades. La idea central es que toda sociedad se representa a sí misma como un todo orgánico “natural”.

De igual forma, las sociedades europeas que surgen de las revoluciones burguesas sacralizan la idea de propiedad. Afirman de sí mismas que, superado el estadio de las desigualdades feudales hereditarias, las naciones tenderán a la equidad y la mayor o menor fortuna de cada individuo sólo dependerá de su propio esfuerzo. Por supuesto, se abstienen de aplicar esos mismos principios liberales al resto del mundo que padecerá el más brutal de los expolios en lo que será la edad de oro del colonialismo; de un colonialismo extractivo y disgregador de las sociedades que subyuga, mucho más cruel que el de los imperios de la antigüedad clásica. Todo ello, por supuesto,  por puro afán “civilizador”. Señala de paso que dos de las principales víctimas de tal proceso, los imperios chino y otomano, parecen corresponder al modelo estatal que los voceros del neoliberalismo nos venden como ideal: con muy baja presión fiscal, sin apenas intervención pública en la esfera económica y, en el caso chino, con un modelo administrativo, el mandarinato, teóricamente meritocrático. Con presupuestos enquencles y sustentados en las tarifas aduaneras, fueron presa fácil  de las potencias europeas, EEUU y el Japón.

El resultado de todo ello es que cuando comienza la guerra del 14, las sociedades europeas son más desiguales de lo que lo eran antes de la Revolución Francesa. Además las principales potencias coloniales obtenían hasta un 30% de sus rentas del resto del mundo: de la explotación sus imperios coloniales o de los intereses de sus préstamos a los países más atrasados de Europa oriental, Asia y Latinoamérica. Para ellas, nunca la economía había estado tan “mundializada”…ni jamás volverá a estarlo.

 

II) DE MÁS A MENOS

En ese sentido las dos grandes guerras jugarán un papel clave en el cambio de tendencia que marcará buena parte del siglo XX.

La que en su momento se llamó “La Gran Guerra”, porque extenderá a toda Europa el modelo de impuestos progresivos de renta y sucesiones, generalizará  el sufragio universal (masculino) y producirá de rebote la revolución bolchevique. La década siguiente acabará con la crisis del 29, que en EEUU traerá como consecuencia el “New Deal” y en Europa la aparición de los frentes populares…y de los fascismos. Nacen los movimientos nacionalistas en la India y China, las mujeres conquistan el derecho al voto, la educación primaria se generaliza y la secundaria empieza a hacerlo.

La segunda (aún más catastrófica) porque a todo ello añade la generalización del proceso de descolonización y  el triunfo de la revolución china. De ella la URSS sale fortalecida y el miedo al “peligro comunista” genera ese gran consenso democristiano-socialdemócrata que permite alumbrar los “estados de bienestar” (servicios públicos de salud, universalidad de la educación secundaria y extensión de la universitaria, pensiones de vejez y enfermedad suficientes…) sustentados en una fiscalidad progresiva y con un fuerte impacto redistribuidor (de la renta, no de la propiedad). A comienzo de la década de los sesenta los tipos marginales más altos del impuesto de renta alcanzan el 90% en EEUU y GB y superan en 50% en todos los países (capitalistas) desarrollados. Por otro lado, las antiguas colonias son ahora naciones independientes y el nuevo orden mundial surgido de la derrota del nazismo ha permitido alumbrar la creación de agencias de la ONU que se ocupan de la salud (OMS), la alimentación (FAO), la educación (UNESCO), la infancia (UNICEF) y los refugiados  (ACNUR), en consonancia con la nueva formulación de los derechos humanos, que incluye, además de los derechos políticos, los sociales (salud, educación, vivienda…). Como resultado de todo ello la mortalidad en los cinco primeros años de vida que era de 152 por cada  1000 nacidos en 1950 había bajado a 62/1000 en 1985*. Sin duda el desarrollo de las ciencias biológicas tiene un papel en ello, pero sólo gracias a estas organizaciones realmente multinacionales, la humanidad parecía entrar en una era de mayor progreso e igualdad, a pesar de los conflictos directa o indirectamente vinculados a la guerra fría.

 

III) DE MENOS A MÁS

Sin embargo, a lo largo de los años ochenta todo parece cambiar. Primero en EEUU y GB, que habían sido pioneros en el establecimiento de la fiscalidad progresiva, luego en el resto de la Europa capitalista y en el Japón los tipos marginales en renta y sucesiones  retroceden a los niveles anteriores a 1945. Lo que las haciendas  públicas recaudaban antes para mantener los servicios sociales, ahora tienen que pedirlo prestado a aquellos a quienes previamente  han bajado los impuestos. Al tiempo, la libertad de movimiento de capitales absoluta permite a las multinacionales y a los fondos de inversión practicar un permanente chantaje sobre los estados para obtener cada vez mayores exenciones.

Los eslabones más débiles se rompen. Es la década de las crisis de la deuda en América Latina…y también en los países europeos del bloque socialista. Ambos se habían endeudado alegremente en la década anterior cuando la abundancia de “petrodólares” había llevado los tipos de interés y el valor del dólar a niveles mínimos**. Al tiempo, la movilidad de capitales acelera  el proceso de deslocalización industrial, erosiona el poder de los sindicatos y convierte la legislación laboral en papel mojado con el auge de los falsos autónomos.

La caída del bloque soviético marca el punto de no retorno en dicho proceso. Derrotado el nacionalismo árabe, devuelto a la irrelevancia el movimiento de los países no alineados y convertida la socialdemocracia clásica al dogma neoliberal, algunos anuncian “el fin de la historia”, porque ya no habrá modelos de sociedad en competencia, mientras otros predicen que ésta va a manifestarse sólo en conflictos identitarios que conducirán en última instancia al “choque de civilizaciones”. También dentro de cada nación se produce una fractura similar: el reparto del producto social es sustituido como eje del conflicto político por temas como  la inmigración, el multiculturalismo y  los derechos LGTB.

El nuevo modelo económico tiene un efecto paradójico sobre la desigualdad. Por un lado la aumenta dentro de cada país, especialmente en aquellos que habían pertenecido al antiguo bloque socialista y que por un efecto rebote adoptan modelos económicos que ni siquiera la derecha republicana de EEUU se atreve a defender: privatizaciones salvajes e impuestos directos sin progresividad ni mínimo exento. El impacto combinado de ambas medidas hace que, por ejemplo, el 10% de las personas más ricas de Rusia ingresen el 25% de la renta  en 1991 y en 2000 dicho porcentaje sea del 50%, manteniéndose en esos niveles desde entonces. Un proceso similar pero más lento se da en China: hasta las (púdicamente) denominadas “reformas económicas” de 1980, el 10% más rico ingresa el 28% de la renta, que sube hasta un 34% en la actualidad, con proporciones estables en los últimos 15 años.

Este ensanchamiento de la brecha social se produce a velocidades diferentes en cada país. Es más lento en Europa occidental  y el Japón que en EEUU y más rápido en los países en que ésta era pequeña (los que habían sido socialistas, especialmente los de la antigua URSS), que en aquellos (los de Oriente Próximo, el Brasil, la India) que eran ya muy desiguales. Sin embargo en todos los casos tiene dos características comunes.

La primera es que el incremento de la parte de la renta del 10% superior se produce en todos  por una caída igual de la parte correspondiente a la mitad más pobre, mientras que la participación de quienes se sitúan por encima en el intervalo (50%-90%) apenas varía. El aumento de la participación de los muy ricos no lo es a costa de “la clase media”, sino de los más pobres.

La segunda es que si midiéramos la desigualdad no por la renta sino  por la riqueza total, por el valor de bienes en propiedad, el panorama  sería mucho más escandaloso y mucho más concentrado en el 1% más rico, que acumula entre el 25% de la riqueza total en Europa occidental, a más del 40% en EEUU y Rusia. El lema político “Somos el 99%” sí parece justificado en este caso.

Antes de terminar esta primera parte me gustaría referirme a algo que los defensores de la globalización neoliberal aducen con frecuencia. Afirman, y probablemente es cierto,  que el índice de Gini de la renta***(un medidor de la desigualdad en el reparto de ésta) del conjunto de la población mundial no ha crecido en los últimos 40 años e incluso ha descendido un poco. El hecho  parece entrar en contradicción con lo que afirmamos de que la inequidad está aumentando en todos los países. Sorprendentemente, ambas cosas pueden ser ciertas a la vez y resulta una buena ilustración de lo que en estadística se conoce como “paradoja de Simpson”****. El panorama mundial viene ilustrado por lo que se denomina “la curva del elefante”, porque recuerda  la cabeza de uno de estos grandes mamíferos con la trompa levantada.

Aunque la imagen viene acompañada de un texto explicativo claro, merece, creo algún comentario. El ascenso de los países emergentes es mayoritariamente el de China, más desigual pero con una renta por habitante al final del periodo mucho más cercana a la de los EEUU y la UE de lo que lo estaba al principio de éste. China puede que sea ya un país capitalista, pero en ningún sentido corresponde al modelo neoliberal: más de la mitad de la inversión es pública y es el gobierno quien controla la banca, las telecomunicaciones y las principales empresas energéticas, el tipo de cambio y el de interés. En definitiva su modelo tiene poco que ver con el de libre mercado al que se pretende atribuir el (cuestionable) descenso de la desigualdad en el mundo.

 

NOTAS:

*) En 2019 es de 40/1000 nacidos. Es decir, la mundialización neoliberal no ha invertido el proceso, pero lo ha hecho más lento.

**) La brutal escasez que desencadena el sumario fin de Ceacescu no se debe para nada a la vida lujosa de éste como se nos dijo , sino a la necesidad de exportar  para devolver a tocateja los créditos firmados con los  bancos occidentales en los setenta, cuando el dólar valía menos y los intereses eran bajos. Y de hecho, el nivel de vida de la población rumana siguió empeorando tras su caída en 1989.

***)Ver definición del índice de Gini y la crítica a éste en la Wipidedia.

****)Ibid. nota ***

 

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