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GORBACHOV ¿TRAIDOR O HÉROE?

Autor del artículo: Andrés Hombría

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No os fatiguéis: empresa es vana

Llegó, rey o impostor, mi último día

 (Fragmento del Acto III del drama “Traidor, inconfeso y mártir”, de José Zorrilla)

 Confieso que el título del artículo no es una ocurrencia propia. Lo tomé de un video en YouTube del (interesantísimo) canal de la escritora y activista Katie Halper en que entrevista a dos de los máximos representantes del periodismo crítico de aquel país, Chris Hedges, durante muchos años corresponsal del New York Times en Oriente Medio, y Bob Scheer, corresponsal del Los Angeles Times en Moscú durante el periodo en que el recién fallecido fuera máximo mandatario de la URSS.

A riesgo de destriparles el artículo (hacerles un “spoiler” según la jerga del spanglish que nos domina), les diré que mi respuesta a la pregunta es: “No lo sé y además en el fondo me da casi igual». Supongo que la primera parte de la frase anterior necesita pocas justificaciones. No conocí personalmente al difunto, no aspiro a escribir su biografía y no pretendo usurpar su puesto de presidente de la Audiencia Celestial al apóstol San Pedro. La única excusa pues para volver a abusar de su paciencia lectora es tratar de justificar la segunda parte de mi aserto.

En primer lugar, debo decir que ese tipo de calificaciones y descalificaciones siempre me han parecido más armas arrojadizas que categorías útiles para entender la realidad social. Bueno, pensarán ustedes, si se trata de huir del lenguaje de la épica, tradúzcase el interrogante por algo un poco más neutro, algo del tipo ¿Fue Gorbachov un visionario incomprendido o un megalómano que condujo a su país a una encrucijada de la que no tenía ni idea de cómo salir? De nuevo me veo obligado a dar la misma respuesta. Y ahora sí creo que debo explicar el porqué la respuesta me parece irrelevante.

Como ya señalaba en los artículos “Guerra y paz”, que esta misma revista amablemente publicó el marzo pasado, no creo en el papel de los “grandes hombres” como protagonistas de los cambios históricos. Creo, por el contrario que son las corrientes de fondo de la historia las que escriben los guiones y escogen a los intérpretes que en cada momento creen que mejor los pueden interpretar, lo que no significa que la elección de éstos no pueda finalmente resultar errónea. Las preguntas serían entonces ¿Quién eligió a Gorbachov?  ¿Qué papel debía cumplir? ¿Lo cumplió bien?

 La primera es la más sencilla. Gorbachov era un “apparatchik” y lo escogieron los otros miembros del aparato, es decir, los máximos dirigentes del PCUS, de las FFAA y de los órganos de planificación económica. La URSS era, ya desde la era de Jruschov, un país despolitizado, en que la población no tenía ningún peso en la vida política y en que tampoco existían los grandes grupos empresariales y financieros que ejercen casi siempre de electores efectivos de los gobernantes en las denominadas “democracias liberales”.

 La pregunta es entonces ¿se equivocaron y eligieron a alguien que iba a liquidar su hegemonía o le escogieron para hacer lo que hizo? En mi opinión la respuesta es la segunda e intentaré explicar por qué lo creo así.

 En los años sesenta, cuando en el seno de la izquierda empieza a generalizarse la crítica al denominado “socialismo real”, uno de los puntos de debate candente es si la burocracia se había convertido en la URSS en una nueva clase social, con intereses enfrentados a los de la clase trabajadora. Esa postura era defendida sobre todo por quienes se declaraban próximos al anarquismo (Castoriadis p.e.). Por otro lado, los representantes de la ortodoxia marxista (Dobb p.e.) la rechazaban, aduciendo que sin propiedad privada de los medios de producción, los burócratas podían tener privilegios, pero no podían asegurarlos jurídicamente, hacerlos crecer y legárselos a sus descendientes. Recuerdo haber leído entonces un esclarecedor artículo de un conocido historiador trotskista, Isaac Deutscher*, que añadía una observación muy esclarecedora. Decía (cito de memoria, porque no he sido capaz de localizar el artículo) que la burocracia era una capa social privilegiada, con vocación de clase dominante, pero a la que la legalidad en nombre de la cual gobernaba le impedía llegar a serlo.

El posterior hundimiento del sistema se ha explicado por el desastre de Afganistán, por el recrudecimiento de la carrera de armamentos con la llegada a la presidencia de EEUU de Reagan, quien pacta además con los saudíes un precio bajo del petróleo para estrangular la economía soviética que, ya entonces, obtenía de los combustibles fósiles buena parte de sus divisas fuertes e incluso por la incidencia de la política de dólar fuerte y altos tipos de interés en las economías de los países de Europa Oriental, que se habían endeudado fuertemente durante el decenio anterior, cuando los petrodólares baratos hacían que dicha operación pareciera la forma más sencilla de mejorar el nivel de vida de su población con poco riesgo.

Creo que todos esos factores jugaron un papel, pero ni siquiera combinados explican el colapso posterior. Por poner los hechos en dimensión, la Federación Rusa, con tres cuartas partes de la superficie de la URSS, la mitad de la población y un presupuesto militar que es menos de la décima parte que el de EEUU ha seguido manteniendo un poder de disuasión suficiente. La pérdida del control político de los países de Europa Oriental era probablemente inevitable pero la descomposición del espacio político que la URSS había heredado del imperio ruso no parecía serlo. Por otro lado, los indicadores económicos fundamentales no reflejaban en 1995 el catastrófico panorama que se nos ha querido contar después; datos clave, como el incremento de la producción de energía eléctrica, el aumento de la esperanza media de vida o el peso decreciente de la alimentación en los presupuestos familiares** indican un débil dinamismo económico pero no un modelo productivo en derrumbe.

 Pero todos esos factores sí explican que una parte del aparato dirigente empezara a creer que la oportunidad de convertirse en una nueva clase social había llegado, que tenían la posibilidad de hacer realidad la vocación que Deutscher, creo que acertadamente, les atribuía. Por otro lado, diversos diplomáticos occidentales cuentan que los más jóvenes de los dirigentes soviéticos a partir de la tercera copa declaraban que no creían que aquel sistema fuera sostenible. Me gustaría que no se interprete todo lo anterior como una conspiración. Más bien se trataría de un propósito difuso pero ampliamente extendido entre la jerarquía del sistema y mucho más claro entre sus elementos más jóvenes. De hecho, buena parte de los que serán los futuros oligarcas del periodo Yeltsin han crecido políticamente en las Juventudes Comunistas Soviéticas, lejos por tanto de cualquier veleidad opositora.

 Creo que es en ese contexto en el que hay que situar el acceso de Gorbachov a la secretaría general del PCUS y luego a la presidencia del Presidium del Soviet Supremo. De hecho, su promoción ya pudo haberse producido a la muerte de Yuri Andropov, de quien era de alguna forma “el delfín”, pero a punto de cumplir 54 años se creyó que aún era “demasiado joven”, y el elegido fue Chernenko, que, previsiblemente dado su estado de salud, murió un año después.

No hace falta que aclare que, a tenor del desarrollo posterior de los acontecimientos, para quienes esperaban “heredar” ese gran patrimonio que era el conjunto de la economía soviética la elección de Gorbachov fue adecuada. No estoy diciendo para nada que el electo fuera consciente del papel que iba a jugar ni que todos los que le apoyaron en 1985 conocieran de antemano sus consecuencias. El hecho es que dicha elección condujo al retorno del espacio soviético al capitalismo, al mayor pillaje por parte de una exigua minoría de los recursos de un gran estado que haya conocido el siglo XX, a la desintegración del espacio político de la URSS, que era el que ésta había heredado del imperio ruso, y a la creación de un mundo unipolar en lo geopolítico.

Casualmente el 19 de agosto de 1991, cuando se produce el intento de golpe de estado contra Gorbachov, yo estaba en Moscú (como estudiante de lengua rusa, no se crean que en ninguna misión especial). Ese día los organizadores del curso tenían programada una visita a Vladimir y Suzdal, dos de las ciudades del “Anillo de Oro” de ciudades antiguas rusas situadas al noreste de la capital. Cuando volvimos por la tarde se notaba cierta agitación en la ciudad, pero funcionaba perfectamente el transporte público. Pusimos la televisión para ver la rueda de prensa del denominado “Comité estatal del estado de emergencia”, que pretendía impedir la aprobación del “Tratado de la unión”. El golpe (o lo que fuera aquello) no iba dirigido a defender el carácter socialista del estado, sino su integridad (parcial, pues las tres repúblicas bálticas eran ya de facto independientes desde 1989). Los ocho miembros del susodicho comité, que parecían entre abrumados y resacosos, eran blanco de las chanzas de todos los periodistas, no solo de los corresponsales extranjeros. Había viajado con un grupo de amigos que, salvo una de ellas, no entendían una palabra de ruso, a pesar de lo cual no daban crédito a lo que estaban viendo. Parafraseando a Carlos Marx, la revolución bolchevique había comenzado como tragedia y había terminado como farsa. Pero a veces las farsas pueden ser también trágicas. Lo que siguió, los nueve años de Yeltsin resultaría muy largo de contar y creo haber abusado demasiado de su paciencia lectora. Solo me gustaría darles un dato esclarecedor: en 1987 la esperanza media de vida en la República Soviética Federativa Rusa era de 65 años, en 1991 había caído a 63, en 1994 en la ya Federación Rusa era de 58 años, la misma que en España en 1946.***

*) El autor se interesó como historiador en el papel de la burocracia y en particular en su papel en un estado socialista. Si teclean ustedes en su buscador “Isaac Deutscher-Roots of Bureaucracy” encontrarán un análisis bastante profundo de ese tema.

**) Datos tomados del libro “The Soviet Scene. A Geographical Perspective” de James H. Bater  profesor de Geografía de la universidad de Waterloo (Canadá). (de. Edward Arnold, Londres, 1989), que es lo más ajustado temporalmente que he conseguido encontrar.

***) En 2019 había subido a 68 años, aunque en 2020 volvió a caer a 66, probablemente por el rechazo a la vacunación contra el COVID de la población rusa, expresión de una secular desconfianza de todo lo que viene avalado por el estado.

 

Un pensamiento en “GORBACHOV ¿TRAIDOR O HÉROE?

  1. Hay quien piensa que la etapa de Gorbachov fue un desastre para la URSS…

    Sin profundizar en el tema, yo creo que no fue ni traidor ni héroe, pero sí creo que se le fue de las manos la gestión y la situación de su mandato y a partir de ahí se precipitó el desastre… En el enlace que adjunto lo explica el autor del artículo al que conduce el mismo de una forma ponderada y razonada, con la que se puede estar de acuerdo o no (yo estoy de acuerdo), pero está explicado con claridad suficiente aunque no sé si totalmente fehaciente…

    https://www.google.com/amp/s/m.publico.es/redirect/blogs/juan-carlos-monedero/2022/09/04/el-desastre-gorbachov//amp

    Buen artículo el tuyo, Andrés, que se suma a otros sobre el mismo tema y amplía el marco de análisis y de debate sobre el tema y el personaje…

    Saludos

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