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LA HOGUERA DE LAS VANIDADES, de Tom Wolfe

A continuación publicamos una reseña del último libro leído este invierno en el taller de lectura del Ateneo Socio Cultural de Laguna de Duero. Desde esta página animamos a todas aquellas personas interesadas en compartir sus experiencias con la lectura a participar en el taller.  Quien desee más información puede solicitarla en la siguiente dirección de correo electrónico: ateneosclaguna@gmail.com

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Autor del artículo: Javier Noriega

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La hoguera de las vanidades, del norteamericano fallecido recientemente (2018) Tom WOLFE, fue publicada en 1987 y es la primera de sus novelas. Constituyó todo un  fenómeno editorial y mediático de gran repercusión. Inicialmente formado en el ámbito del periodismo es considerado como el padre del llamado “nuevo periodismo” y en esta novela está bien presente esta formación inicial.

Lo primero que debemos decir es que la novela empieza de sopetón (“in media res”, locución latina que quiere decir “en medio del asunto”). La narración empieza en mitad de los hechos, en plena acción, sin introducir al lector ni en personajes ni en antecedentes. El prólogo (Todos a por el imbécil) sitúa en tres páginas el contexto, dice al lector “señor mío, no se engañe, a continuación  vamos a asistir a un conflicto”. Conflicto que, por cierto, no se va a solucionar en las 630 páginas siguientes, pues la novela tiene un final abierto o, lo que es lo mismo, no tiene final. Como la misma vida.

En la novela vamos a asistir a las peripecias no de un personaje, de un protagonista (Sherman Mc Coy lo es sólo aparentemente), sino de una sociedad, de un personaje colectivo: la sociedad neoyorkina de mediados de los años 80 del siglo XX, representada por sus estamentos y clases sociales (políticos, policías, brókers, arribistas, periodistas, activistas sociales …) escudriñadas con la mirada cínica e implacable de Tom WOLFE, que nos hace recordar al BALZAC de La comedia humana por un lado y a la novela picaresca por otro. Nadie queda a salvo de su incisivo verbo ni de su ojo lúcido y ácido. Ese aparente protagonista, Mc Coy, no  es sino no es sino un pretexto para hacer un recorrido feroz por el verdadero protagonista de la novela: Nueva York. Es la ciudad, sus habitantes y sus pulsiones, sus miserias y bajezas el objeto de la narración: la ambición, la codicia, el racismo, la política rastrera…

Ese aparente protagonista, o más bien, el eje de la narración, la anécdota, es un yuppie, figura tan popular en aquellos años y cuyo grupo social tantos quebraderos de cabeza procuró al común de los mortales y a la economía global con su ambición desmedida y su brutal afán de triunfar por encima de cualquier obstáculo, situación o persona, punta del iceberg del modelo de economía neoliberal más salvaje. Modelo a imitar que se hizo popular en la España de finales de los 80 y 90 en la autodenominada “gente guapa” (feliz hallazgo para denominar en castellano a los “wasp” -blanco, anglo-sajón, protestante, en sus iniciales inglesas-  y que ha sido una de las principales constantes de buena parte de los males que nos aquejan hoy en día. Personaje que cree estar situado por encima del común, a quien no afecta ni ley ni fuero por el hecho de poseer formación, conocimiento y bienes desconocidos por el resto de sujetos situados por debajo de él en el escalafón social.

Sin embargo, veremos a lo largo de la novela como la vida real pone en su sitio a este triunfador, a uno de los amos del universo. Y en verdad es el componente más atávico, más ancestral junto con el instinto de supervivencia al que engloba, el que se encarga de ello: el sexo.

Nada queda con cabeza en este extenso y mordaz relato. Tan criticados descarnadamente son los unos –blancos y triunfadores de clase dominante- como los parias negros que se revelarán finalmente como estamento social ascendiente e influyente. Sin olvidar toda esa capa social que nada entre dos aguas, capaz de pasar por encima de quien haga falta para consolidar un ápice su estatus. Retrato descarnado aunque fiel de la realidad de una gran ciudad en la que conviven etnias, religiones, creencias y costumbres venidas de todos los confines de la tierra. Novela trepidante narrada con un pulso firme y sereno por un autor que tiene tras de sí una sólida formación como periodista, pues de un relato cuasi periodístico se trata. Recuerda quien esto escribe que cuando leyó esta novela por vez primera, allá por los primeros años de la década de los noventa, una vez la hubo terminado, se descubrió alguna semana después buscando en el periódico por si había alguna noticia de Sherman Mc Coy. Tal es el grado de verosimilitud y de sensación de realidad vivida que le transmitió la lectura de La hoguera de las vanidades

 

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