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SUPERIORIDAD MORAL Y SUPERIORIDAD INTELECTUAL

Autor del artículo: Andrés Hombría

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El lunes 29 me sentí tentado de escribir una nota en término dolientes, algo del estilo “Puedo escribir los versos más tristes esta noche…” Afortunadamente en 24 horas recobré la (relativa) cordura y concluí que la melancolía sirve para escribir buenos poemas, pero no para cambiar la realidad social.

 Para las fuerzas a la izquierda del PSOE el desastroso resultado electoral nos parece doblemente doloroso. Por un lado no entendemos como la derecha es aún votada en estratos de la población que están sufriendo objetivamente sus políticas de deterioro de los servicios sociales, por otro no entendemos porqué la ofensiva de la derecha mediática contra “el sanchismo” apenas ha castigado el resultado electoral del PSOE y sin embargo si ha castigado a UP, siendo que en lo que llevamos de gobierno de coalición ha sido ésta quien más ha impulsado las medidas sociales en beneficio de las clases trabajadoras: aumentos del salario mínimo, legislación protectora para los colectivos más vulnerables (empleadas de hogar, “riders”), protección a los inquilinos, derogación parcial de la última reforma laboral…

 La explicación que nos damos es siempre la misma. Los medios de comunicación de este país están en su mayoría controlados por las élites económicas propias y por los fondos de inversión apátridas. Declararon la guerra al gobierno de coalición desde antes de que se formara. Su bombardeo no fue indiscriminado: atacaron con más prudencia al PSOE, sin el que no es concebible en este momento la escena política de este país, brutalmente a los nacionalismos de izquierda periféricos, aunque saben que a éstos hacerlo apenas les daña electoralmente (ser el blanco de la “prensa de Madrid” puede incluso beneficiarlos) y despiadadamente, sin freno ético ni respeto a la verdad alguno, a UP, que era la argamasa que permitía los acuerdos entre socialistas y nacionalistas de izquierda. Por otro lado la derecha mantiene el control del aparato judicial, que utiliza sin disimulo para boicotear las medidas del gobierno ( confinamiento por el COVID), sus desarrollos legislativos (ley de “Solo sí es sí”) o generar conflictos entre las fuerzas coaligadas (caso Alberto Rodríguez).La conclusión parece clara: mientras se mantenga el casi monopolio de los medios informativos y del aparato judicial en manos de nuestra derecha tendremos cerrado el camino.

El argumento es sólido pero invita a la melancolía: para  conseguir pluralismo y limpieza en los medios hay que sacar adelante leyes antimonopolio lo que requiere mayorías suficientes durante varias legislaturas seguidas, lo que a su vez requiere de otra correlación de fuerzas en lo mediático y en lo judicial. Es decir, para abrir el candado necesitamos una llave que está inhabilitada por el propio candado. ¿Es realmente un problema sin solución? Bueno, parece que no del todo. Si lo fuera, Boric no sería presidente de Chile “contra” el grupo “El Mercurio”, ni Cristina Fernández lo hubiera sido de Argentina contra el “Clarín” ni López Obrador de México contra “Televisa”. Ellos, de hecho, lo tenían mucho peor. Su mandato estuvo plagado de zancadillas judiciales y mediáticas pero consiguieron llegar al gobierno con programas netamente progresistas y en algunos casos recuperarlo  tras la vuelta temporal de su derecha, que es aún más oligárquica que la nuestra, en sociedades sustentadas en un racismo estructural y en que lo religioso tiene aún mucho peso y se ubica entre el conservadurismo de la iglesia católica y la extrema derecha de la mayoría de las evangélicas. Nuestras respectivas sociedades son diferentes, pero todo hace suponer que aquí estamos haciendo algo mal.

Hace casi un lustro el profesor de ciencia política Ignacio Sánchez-Cuenca publicó un libro titulado “La superioridad moral de la izquierda”. Afirmaba que ésta, que era bien real, acababa siendo más un lastre que una baza. En los momentos favorables llevaba a obrar con imprudencia porque ninguna reivindicación justa podía ser postergada, en los de retroceso alentaba las recriminaciones mutuas por haberse alejado de los principios. La derecha por el contrario carece de principios y solo se reconoce en sus fines. Se opone al derecho a la interrupción del embarazo, al matrimonio homosexual o a la eutanasia mientras está en la oposición, porque eso le proporciona activistas, pero se olvida de esos principios cuando está en el gobierno. Entonces simplemente baja impuestos a los ricos, privatiza servicios públicos y practica desarrollos urbanísticos para la clase media-alta. Sus batallas “morales”son solo escaramuzas para mantener la estrategia de tensión en los paréntesis en que la propia derecha no gobierna.

 Una buena idea sería pues que en la izquierda no intentáramos  ponernos de acuerdo sobre nuestros principios sino sobre nuestros fines más inmediatos. Una de las peores consecuencias de no actuar así, es que  nuestros apoyos son mucho más frágiles, porque cualquier pequeña desviación de lo que es vivido como una seña de identidad de una parte de ella lleva a mucha gente a quedarse en casa el día de las elecciones. En cualquier caso, sé que eso de calificarnos unos a otros de traidores y otros a unos de aventureristas irresponsables no viene de ayer ( ni de hace un siglo) y que las referencias al Frente Judaico Popular y el Frente Popular de Judea son ya más famosas que los chistes de Jaimito. No insistiré pues en ello.

 Más reciente y, en mi opinión más preocupante, es el reflejo de “superioridad intelectual” dentro de la izquierda. Hasta mediados del siglo pasado, los grupos sociales más desfavorecidos en lo económico y en lo cultural era la principal cantera de votos de la izquierda. Es cierto que lo económico pesaba más que lo cultural, pero si uno repasa la biografía de los principales dirigentes de los partidos comunistas y socialdemócratas, se encuentra con una mayoría de trabajadores manuales. El aumento del nivel educativo general en nuestras sociedades significa que las personas con titulación universitaria parece lógico que  cada vez sean más en las direcciones de los partidos progresistas, pero ello no explica la completa desaparición de quienes carecen de dichos grados académicos de sus puestos de dirección y de sus candidaturas. Lo sorprendente es que nos hemos habituado tanto a ello , que nos parece normal que los cabezas de lista de candidaturas de izquierda sean profesores de latín y nos sorprendería que fueran un encofrador o una cajera de supermercado. Hemos entrado en un proceso que se retroalimenta: quienes carecen de formación superior cada vez están menos presentes en la izquierda y cada vez se sienten menos representados en ella.*

 En los divorcios de pareja, es raro que se pueda establecer quien “es culpable”. En los de una fuerza política con las capas sociales a quienes aspira a representar creo que sí. La culpa es siempre de la fuerza política. Les pongo un ejemplo.  Insistiendo en que Isabel Díaz Ayuso pasó de llevar la cuenta de Twitter del perro de Esperanza Aguirre a convertirse en la presidenta más inamovible de la Comunidad de Madrid, estamos haciéndola un personaje más próximo para la mayoría de “la gente común”. No van a ver en ella el ser de mala entraña que es,  sino la chica que estudió sin mucho brillo una carrerita con pocas salidas, consiguió un empleo sin futuro (“Pecas” falleció hace años), pero con voluntad y esfuerzo triunfó. La estamos convirtiendo en alguien que encarna los sueños aspiracionales de mucha de la gente de nuestro país de menos de cuarenta años.

 La mejor muestra de nuestra actitud es la famosa frase “No hay nadie más tonto que un obrero de derechas”, que hasta da nombre a un canal de Facebook popular entre la progresía. En primer lugar, el enunciado es falso. Quienes perdieron sus salarios y sus empleos para conseguir la jornada de ocho horas, la consiguieron también para quienes se mantuvieron al margen de esa lucha. Éstos fueron pues más insolidarios, pero no más tontos. Por otro lado, si nuestro objetivo es que apenas haya trabajadores que apoyen a la derecha, lo peor que podemos hacer es empezar llamando tontos a quienes lo hacen.

 Eso nos conduce a la siguiente pregunta. ¿Porqué entre la militancia de las fuerzas a la  izquierda de la socialdemocracia clásica se ha generalizado de tal forma ese desprecio intelectual hacia la plebe? Una primera explicación es que como la extracción sociocultural de la afiliación y la dirección de las fuerzas de izquierda ha cambiado, es fácil que haya heredado algo de ese sentido de la aristocracia cultural que es uno de las lacras de la “intelligentsia”. No creo, sin embargo, que esa forma de elitismo sea nueva ni que se manifieste directamente a quienes tienen gustos considerados vulgares o pocos referentes culturales. Nos atrevemos a llamar ignorantes solo a los poderosos.

 Lo nuevo es, creo, la aparición de un nueva forma de “superioridad” que participa de una y de otra. Se manifiesta como moral pero esconde la intelectual. Me refiero al auge de las nuevas”fobias” y, sobre todo, a la forma en que éstas se manifiestan. Quien conoce los códigos correctos puede evitar que su discurso y su comportamiento público suenen machistas, xenófobos, homófobos, trásfobos, capacitistas, gordófobos (lista en proceso de ampliación). Quien no los conoce probablemente dirá o hará cosas que entrarán en una o varias de las categorías anteriores, porque ese es el trasfondo cultural de la sociedad en que ha vivido. Si además sale de su casa a las siete de la mañana y vuelve del trabajo doce horas después, no es muy probable que domine a fondo la antropología cultural. El fenómeno no es nuevo. Con toda probabilidad entre los votantes del Frente Popular había muchos machistas, homófobos lo eran casi todos/as y bastantes de ellos recordaban vivamente los excesos de las tropas “moras” durante la represión del 34 en Asturias.

 Me parece casi innecesario decir que debemos estar contra el machismo, la homofobia o el racismo. Lo que dudo es de la forma en que lo estamos haciendo. Les pongo un ejemplo. Hace poco un compañero de IU me comentaba que estando en un bar de su barrio, el dueño le había dicho que sabía por un primo funcionario que a todos los marroquíes que venían les daban automáticamente un subsidio. El reaccionó diciendo “Tú eres un racista y no pienso volver nunca por este bar”.

 Esa es nuestra reacción habitual; nos deja buen cuerpo y ni nos planteamos si va a mover a la reflexión a quien se la dirigimos o , más bien, como tenemos la lúcida convicción de que no va a hacerlo, lo etiquetamos y procedemos a colocarlo en la sección en que están Trump, Abascal y un largo etcétera. La idea de preguntarle si es su primo mismo quien tramita las subvenciones, que es lo que se subvenciona, si solo se conceden a quienes vienen de Marruecos o a los emigrantes en general y escuchar sus respuestas (o provocar sus dudas) ni se nos ocurre.

 Terminó ya. Tras una derrota mucho más dura que ésta , porque aquella fue sangrienta, desde México León Felipe le decía al vencedor de entonces “Tuya es la hacienda, la casa, el caballo y la pistola, Mía es la voz antigua de la tierra” Hagámosla otra vez nuestra. A escuchar la voz de todas y todos y a empezar con buen ánimo que nos esperan unas semanas con mucha tarea por hacer.

*) En el capítulo 15 titulado “La izquierda brahmánica: las nuevas divisiones euroamericanas” del libro “Capital e ideología” de Thomas Piketty hay un largo apartado que muestra el progresivo alejamiento de las capas menos instruidas del voto progresista en EEUU, los países escandinavos y Francia.

3 pensamientos en “SUPERIORIDAD MORAL Y SUPERIORIDAD INTELECTUAL

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